¿Racistas? ¡No hay racistas!

¿Racistas? ¡No hay racistas!

En puertas del siglo XXI, el racismo es objeto de abundantes estudios, principalmente como fenómeno social, aunque continúa habiendo dificultades a la hora de dar una definición de lo que es racismo. Hace años, Julio Cortazar definió el racismo como la lucha de clases en colores.
El pasado mes de julio los medios de comunicación y la prensa en particular han producido una gran cantidad de noticias, editoriales y artículos de opinión sobre diferentes hechos. El 8 de julio, por orden del ayuntamiento de Madrid, son desalojadas cien familias rumanas que se encontraban acampadas en el barrio madrileño de Malema (Fuencarral). El 14 de julio, se produce una pelea en el barrio de Ca‘N Anglada de Terrassa entre dos jóvenes que derivó en un enfrentamiento abierto contra magrebíes por parte de algunos vecinos de este barrio. El 19 de julio, tres personas de nacionalidad gambiana resultan heridas tras el incendio provocado en un edificio habitado por inmigrantes en Banyoles, localidad próxima a Girona. Horas más tarde ardía el vestíbulo de una mezquita en Girona.
Según los datos ofrecidos por el Ayuntamiento de Terrassa, hay 1.492 personas de origen marroquí censadas, lo cual supone el 57,25% de la población extranjera de Terrassa, si bien, teniendo en cuenta los inmigrantes irregulares, la población marroquí rondará los dos mil habitantes. En el barrio de Ca‘N Anglada hay censados trescientos marroquíes, que según el ayuntamiento podrían llegar a seiscientos. Según la pirámide de edad, la población marroquí es joven o muy joven (472 personas menores de 16 años).
Del análisis de prensa que se hace en este número de MUGAK, se observa que los acontecimientos de Terrassa dieron lugar a gran cantidad de editoriales y artículos de opinión. Es como si los medios de comunicación aprovecharan para realizar la catarsis colectiva y enarbolar la bandera del antirracismo. Pero esta prensa que se rasga las vestiduras continúa hablando de diez “ilegales” que se ahogan en el estrecho y otros tantos más que son detenidos por la policía, sin que encontremos un esfuerzo parecido de análisis del porqué los inmigrantes se juegan la vida, por qué existen las mafias, etc. Así, la opinión pública empieza a acostumbrarse a este tipo de noticias todos los veranos, como si se tratara de la época de pasa y contrapasa de aves migratorias.
El racismo tosco y bestia de skins apaleando magrebíes tiene una condena facilona y de gran carga moral. Pero la policía que desaloja a los gitanos es otro asunto. Contra este racismo sibilino e institucional, que es más peligroso que el anterior, los medios de comunicación transmiten un mensaje más ambiguo. Por un lado está mal que se les expulse, pero, por otra parte, es necesario a fin de poder integrar con garantías al gitano bueno, al moro bueno, etc.
De lo ocurrido en julio, la imagen más patética y bochornosa no es la carnicería de Ca‘N Anglada apedreada, sino el diputado de CIU que entrega el proyecto de reforma de la Ley de Extranjería a unos ciudadanos gambianos cuyas casas han sido quemadas. La confusión del mensaje llega aquí a su máximo nivel pues se utiliza el mejor exponente del racismo institucional, la Ley de Extranjería, como remedio contra el racismo violento. Es como si un médico recetase cianuro envuelto en jarabe para curar la afonía de su paciente.
Y hablando de afonías, las víctimas de estos ataques siguen siendo los actores mudos de esta película con sonido y efectos especiales. Los efectos vienen de la mano de este proyecto de reforma de la ley de extranjería que deja intacto el binomio residencia-trabajo, mantiene la expulsión de quienes están de forma irregular, consolida los Centros de Internamiento…, en definitiva y si no cambian mucho las cosas, esta reforma es más de lo mismo, sólo que con un envoltorio acorde a los tiempos que corren de integración, tolerancia, etc.
En este número de MUGAK no queremos continuar alargando el debate de lo sucedido en julio. Mas bien pretendemos reflexionar sobre lo ya dicho. En este sentido, merece la pena pensar a quién beneficia la gran repercusión que este tipo de ataques racistas tiene en los medios de comunicación, en la forma en que se hace. No sea que la solución a estos hechos esté en la “maravillosa” ley de extranjería que viene, con lo cual, quien se oponga a este proyecto de ley podría ser tachado de racista. Y así la cuadratura del círculo está servida.
Por eso, aun siendo grave lo ocurrido en julio, no hay que olvidar que el racismo más peligroso es aquel que no aparece como tal, sino que se nos presenta en los medios de comunicación como actuaciones de los políticos destinadas a lograr la integración, es decir, los cupos, las expulsiones, los acuerdos de readmisión, etc. Al fin y al cabo, quien siembra leyes de extranjería recoge cosechas como las del barrio de Ca‘N Anglada y otras parecidas.

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