Gipuzkoa solidaria

Me vais a permitir que empiece por Francia. Había un cantante, que falleció hace un par de años, Serge Regiani, francés de origen italiano, hijo de inmigrantes italianos, un “rital” que suelen decir en Francia, que en una de sus canciones, dedicada a la ciudad de París, decía que hay tres
París: París la rose, París la grise y París la rouge (París la rosa, París la gris y París la roja). Hoy
está en primer plano París la roja, con manifestaciones casi diarias contra la política sobre la reforma del sistema de pensiones impulsada por el gobierno del Sr. Sarkozy, un presidente que sistemáticamente coquetea con las ideas y los programas de las organizaciones populistas y de extrema derecha, que expulsa a los roma originarios de Rumanía y Bulgaria, construye en secreto ficheros étnicos, modifica de manera restrictiva el código de nacionalidad y acaba de aprobar una nueva ley de inmigración todavía más represiva. Un presidente y un gobierno que recibió el
apoyo explícito del Sr. Zapatero a su política de desmantelamiento de campamentos y expulsión prioritaria y colectiva de los roms rumanos y búlgaros, a una política basada en la amalgama y en la xenofobia más abyecta, la que se materializa y canaliza desde el propio Estado. No sé qué saldrá de la confrontación que se está desarrollando allí, pero me parece que es muy importante, también para nosotros y nosotras, el intento de pararle los pies que están haciendo el movimiento obrero, el movimiento estudiantil y las organizaciones que trabajan por los derechos humanos, los de las personas inmigrantes y minorías discriminadas y estigmatizadas.

En la trilogía sobre Auschwitz escrita por Primo Levi, en el segundo texto, en la Tregua, el escritor italiano cuenta cómo con su amigo Cesare, superviviente como él de Auschwitz
y encontrándose en Rusia y con el hambre todavía metida en el cuerpo, intentaron canjear media docena de platos de loza por una gallina. Os podéis imaginar la escena: dos demacrados supervivientes de Auschwitz, provistos de media docena de platos delante de un grupo de campesinos rusos. Los italianos no sabían ruso, ni, obviamente, los campesinos rusos sabían italiano, pero echando a volar la imaginación, Cesare, después de repetir varias veces que ellos eran italianski, empezó a imitar las costumbres de los pollos agachándose hasta el suelo, raspándolo
primero con un pie y luego con el otro y picoteando acá y allá con la mano en forma de cuña.
Entre una maldición y otra decía también cocodé, cocodé. El resultado, obviamente, fue nulo. Ya cabreado, y viendo que no se hacía entender, Cesare se esforzó en imitar la puesta de un huevo, pero la cosa seguía sin funcionar, hasta que del grupo de campesinos salió una viejecita que con
ojos brillantes de gozo dijo ¡kúra¡ ¡kúritsa¡ De todas partes estallaron risas y aplausos, y voces de¡kúritsa¡ ¡kúritsa¡ Si Primo Levi y su amigo Cesare consiguieron empatizar con los campesinos rusos en condiciones tan difíciles, nosotros también lo podemos hacer con las personas procedentes de más de 110 países que han decidido afincarse en Gipuzkoa.

Y voy con la reflexión de un desplazado, de un refugiado, Tzventan Todorov, escritor búlgaro afincado en Francia. Reflexionando sobre su propia condición, nos dice:

“La persona desarraigada, arrancada de su marco, de su medio, de su país, sufre al principio, pues es más agradable vivir entre los suyos. Sin embargo, puede sacar provecho de su experiencia. Aprende a dejar de confundir lo real con lo ideal, la cultura con la naturaleza. No por
conducirse de modo diferente dejan estos individuos de ser humanos. A veces se encierra en el resentimiento, nacido del desprecio o de la hostilidad de sus huéspedes. Pero si logra superarlo, descubre la curiosidad y aprende la tolerancia. Su presencia entre los autóctonos ejerce a su vez un efecto desarraigante: al perturbar sus costumbres, al desconcertar por su comportamiento y sus juicios, puede ayudar a algunos de entre ellos a adentrarse en esta misma vía de desapego hacia lo convenido, una vía de interrogación y de asombro”.

Subrayo tres cosas que me parecen importantes: el desapego a lo convenido, la interrogación y el asombro. Y lo hago porque nos propone una mirada, una vía, y una manera de abordar los problemas completamente opuesta a la que con demasiada frecuencia empieza a adquirir carta de naturaleza entre algunos políticos, opinadores y agentes sociales vecinales en Gipuzkoa, la que considera que su presencia, sus costumbres, sus juicios y sus comportamientos crean sensación de desconfianza e inseguridad.

La primera vía nos lleva al trabajo conjunto y al aprendizaje mutuo. La segunda nos lleva al miedo, a un miedo paralizador y excluyente, a la xenofobia. Al fin y a la postre, es el miedo a los bárbaros lo que nos acaba convirtiendo en bárbaros. El miedo a lo diferente, con todos sus componentes fantasmagóricos e irracionales, es muy problemático si se convierte en la pasión que
domina la sociedad, modela los comportamientos de las personas y orienta las decisiones políticas. Ceder en esto es suicida para cualquier sociedad democrática.

Quisiera que quienes estamos hoy aquí, formásemos parte de ese “algunos de entre ellos” que dice Todorov, y que juntos transitemos por esa vía de interrogación y de asombro; que juntos nos interroguemos sobre los diferentes aspectos de la vida que nos conciernen, y que juntos nos asombremos buscando las salidas más interesantes.

Vienen tiempos difíciles. La ola conservadora que se está extendiendo por toda Europa, cargada de miedos, fantasmas, xenofobia y racismo nos llegará más temprano que tarde. Bueno, aunque igual con menos intensidad todavía, en realidad, ya está aquí. Y sería bueno que nos preparemos para enfrentarla. Y lo podemos hacer. Sin duda, que lo podemos hacer, y que lo haremos.

Y acabo con otra cita del mismo autor. “Por cómo percibimos y acogemos a los otros, a los diferentes, se puede medir nuestro grado de barbarie o de civilización. Los bárbaros son los que consideran que los otros, porque no se parecen a ellos, pertenecen a una humanidad inferior y merecen ser tratados con desprecio o condescendencia. Ser civilizado no significa haber cursado estudios superiores o haber leído muchos libros, o poseer una gran sabiduría; todos sabemos que ciertos individuos de esas características fueron capaces de cometer actos de absoluta perfecta barbarie. Ser civilizado significa ser capaz de reconocer plenamente la humanidad de los otros, aunque tengan rostros y hábitos distintos a los nuestros; saber ponerse en su lugar y mirarnos a nosotros mismos como desde fuera”.

Quisiera que este acto de hoy, supusiera un paso, aunque sea pequeño, hacia un poco más de civilización en Gipuzkoa.

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