Defender los principios o dejarse llevar

Sabíamos desde (casi) siempre, la tentación de muchos políticos por adecuar sus posiciones políticas a las ideas que creen que manejan sus potenciales electores, por
mucho que les puedan parecer barbaridades. Es lo que en otros términos se conoce por demagogia, pero que tiene un objetivo muy claro: llenar, como sea, el capacico de los
votos, que es lo que le permite a alguien tocar poder (y lo que de ahí puede venir). Así,vemos cómo no pocos se suman a demandas como el agravamientos de las penas hasta límites prohibitivos en el pasado, o incluso, a reclamar la implantación de la pena de muerte, y otros muchos ejemplos del mismo pelo.

Y, claro está, en las cuestiones relacionadas con la inmigración, tres cuartos de lo mismo. Hay barbaridades que se hacen pasar como argumentos lógicos, por el simple
hecho de que las maneja mucha gente. Y otras cuestiones que, sin ser barbaridades, sencillamente, no aguantan ni dos minutos el contraste de los datos. Y para rematar, el
discurso del miedo, tan recurrente y que cala hasta los huesos, hace aquí estragos.

Bueno, como digo, esto ya lo conocíamos. Pero en los últimos tiempos prolifera un fenómeno no menos preocupante. A saber, el de movimientos sociales que practican esa misma política y que, en vez de llevar adelante una labor pedagógica contra los prejuicios y actitudes, xenófobas en este caso, cueste lo que cueste, se ponen de lado,
en el mejor de los casos, para que la corriente no les arrastre, o, peor aún, pasan a abanderar esas posiciones. El relato de los hechos que adjuntamos en el recuadro es un
ejemplo de ello.

Quienes en su día formamos parte, a finales de los años sesenta y primeros de los setenta del pasado siglo, del movimiento vecinal que dio origen en Gipuzkoa a las
primeras asociaciones de vecinos, hubimos de fajarnos contra la mirada xenófoba hacia quienes venían de otras tierras, en ese caso del estado español, a ganarse la vida entre nosotros.

Era la época en que se hablaba de “maketos”, “manchurrianos” y otras lindezas por el estilo; en que se denominaba a algunos de los barrios donde se concentraban
los inmigrantes, Katanga (para la opinión pública de entonces, imagen de salvajismo); y en que se acusaba a los inmigrantes de colaboradores del estado español en la
españolización de Euskalherria. De la importancia que aquellos debates tenían dentro del movimiento antifranquista da cuenta el hecho de que estuvieron en el meollo de la primera escisión en ETA, que dio origen en 1966 a ETA-berri y Eta-zaharra.

Esa pelea contra la visión xenófoba no fue fácil. Pero hubo que darla. Y hete aquí que, en el ejemplo que comentamos, no pocos vecinos que protagonizaron aquella llegada migratoria, y que incluso algunos de ellos forman parte hoy de la asociación de vecinos implicada, comparten y no combaten, similares prejuicios contra los nuevos inmigrantes. El fenómeno entre los vecinos no es nuevo, se da aquí y allá. Lo que es llamativo es que un movimiento social, la asociación de vecinos en este caso, sea
incapaz de jugar su papel liderando el combate contra esas posiciones xenófobas. Si un movimiento social no actúa decididamente en pro de la inclusión del conjunto de
vecinos y vecinas, estará perdiendo en buena medida su razón de ser, al fracasar en la labor de evitar espacios de marginación.

En el caso de Errenteria, que comentamos, vemos cómo se cierra el ciclo consiguiendo incluso que una institución como el ayuntamiento, que en este caso tenía claro desde el principio lo irrazonable, absurdo e injusto del planteamiento vecinal, y que había manifestado claramente que no se iba a allanar a semejantes posiciones,haya acabado agachando la cabeza y buscando otras salidas en falso. Y es que las elecciones municipales están a la vuelta de la esquina. Esto no es sino otra prueba más
de la facilidad con la que las instituciones adoptan posiciones que, de hecho, acaban encorajinando a los sectores más reaccionarios que ven que tienen fuerza, no para convencer, sino incluso para avasallar a las instituciones.

Es importante que, al tiempo que reivindicamos el papel esos nuevos ciudadanos y ciudadanas como componentes de pleno derecho de nuestra sociedad, como hemos hecho con el acto de Gipuzkoa Solidaria, seamos capaces de aunar fuerzas con el conjunto del movimiento asociativo para impulsar dinámicas realmente integradoras y defensoras de todos los derechos para todas las personas. Nos va el futuro en ello.

RECUADRO

Errenteria

Barrio de Iantzi

SOS Racismo, que viene realizando numerosas actividades en el municipio, algunas de ellas con respaldo municipal, solicita del ayuntamiento, a mediados de 2008, la cesión de un local donde abrir una oficina de asesoramiento a la población inmigrante.

El ayuntamiento se muestra de acuerdo y escoge un local municipal, en el barrio de Iantzi, en el que inicia obras de acondicionamiento para su uso como oficina de atención
al público.

La asociación de vecinos convoca una asamblea ante el malestar expresado por diversos vecinos por la próxima apertura del local, y pide a SOS Racismo que acuda a la misma.
El desarrollo de la asamblea pone de manifiesto la existencia de posturas xenófobas e intransigentes inaceptables para SOS Racismo y para cualquier entidad democrática.

SOS Racismo acude también a varias reuniones con la comunidad de vecinos donde está ubicado el local, con idéntico resultado.

La asociación de vecinos presiona al ayuntamiento para que anule su acuerdo de cesión.

Diversos vecinos protagonizan pintadas y concentraciones de rechazo frente al local.

Dos años y medio después (lo que muestra claramente la postura vacilante del ayuntamiento) de iniciarse el proceso de cesión de local, el ayuntamiento da marcha
atrás y deja sin efecto la apertura del local indicado, comunicando a SOS Racismo que va a buscar otra ubicación.

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