Un ejemplo práctico de programa socioeducativo aplicado al teatro

Experiencia con jóvenes en el distrito de Arganzuela (Madrid). Un ejemplo práctico de programa socioeducativo aplicado al teatro.

Para un año, sembrad cereales.
Para una década, plantad árboles.
Para toda la vida, educad y formad a la gente.»
Proverbio chino): Guanzi (c. 645 a.C.)

Iván Alvarado Castro

Cuando un día de fines de septiembre de 2007 llegué a las instalaciones del Centro de Participación e Integración Hispano Ecuatoriano de Arganzuela (CEPI) comencé a revisar el programa que se me había encomendado junto con la compañera Cristina Paca y una cierta sensación de responsabilidad histórica se cernía sobre nosotros; apenas un puñado de jóvenes nos habían visitado , muy lejos de los objetivos del proyecto en ciernes, y el potencial del Distrito que era (y es) enorme, de modo que comenzamos a trabajar con un solo objetivo primario: ¿Qué necesita la gente?
La población ecuatoriana es muy importante en Madrid por razones cuantitativas y eso fue crucial para poder desarrollar este proyecto. Cada día venían al CEPI decenas de ecuatorianos adultos por diferentes motivos. Comenzamos a preguntarles por sus hijos, las inquietudes y necesidades de éstos. El primer paso fue crear un grupo de apoyo escolar que reuniría a 20 jóvenes, de los cuales dos no eran de origen ecuatoriano y ninguno era español de nacimiento.
El siguiente paso fue hablar con los propios jóvenes cuyo tramo de edad comprendía entre 13 y 16 años, y analizar sus propuestas, entre las cuales estaban los deportes, la música y estar en el parque con los amigos.
Una vez recogidas estas propuestas comenzamos a conocer a los agentes sociales con los cuales compartíamos el barrio, como el equipo de Prevención (Madrid Salud), Intermediae (Matadero), Servicios Sociales, Oficina de Orientación Juvenil y los Institutos de la zona. Pronto comprendimos que a muchos nos unían más cosas que la mera ubicación geográfica.
Comenzamos por tanto a elaborar una estrategia grupal para conseguir dar voz a un colectivo que creíamos silenciado por los medios hegemónicos y por algunos sectores institucionales que generaban una línea de pensamiento de la cual diferíamos.
Dentro de esta estrategia empezamos a notar una serie de características específicas de este grupo como: el alto grado de hogares monoparentales femeninos, “hijos llave”, soledad, reagrupación familiar tardía y unas tasas de fracaso escolar a tener en cuenta.
En apenas tres meses, y gracias a la red de apoyo citada, teníamos un programa de radio a nivel nacional por vía web y a nivel de Comunidad Autónoma por la FM, emitiendo desde la emisora “La nuestra FM”, dirigida por el fenomenal Álvaro Hernández y costeado por el gran apoyo ya citado (el equipo de Prevención del Distrito).
Nuestro Programa de Apoyo Escolar comenzaba a ser metódico, con seguimiento individual de cada joven a nivel familiar y escolar. En nuestras excursiones comenzábamos a observar el universo del Distrito, pues venían cada vez más jóvenes para pasar un domingo con su grupo de pares. Nuestro equipo de fútbol se convertía en un lugar de encuentro semanal y nuestro grupo de teatro fue la pequeña onda que pronto sería la ola que nos abriría al exterior.
Otras experiencias como pintura, talleres solidarios o coros de música, algunas de estas iniciativas impuestas desde fuera, nos mostraban que si la actividad no procedía de abajo se convertía en un factor de desgaste improductivo y terminaba fracasando.
Este micro-universo se crea en apenas 8 meses de trabajo, con los hándicaps de apenas atraer a jóvenes españoles y de perpetuar los modelos de reproducción de las políticas públicas imperantes.
El punto de inflexión de toda la experiencia nos llega desde dos ejemplos particulares: los increíbles resultados académicos de los jóvenes que rebajan su tasa de suspenso del 67% en diciembre de 2007, al 13% septiembre de 2008 y el increíble éxito de la Fiesta del Barrio “La Melonera”, donde unidos a los otros agentes del barrio, congregamos a más de 400 jóvenes.
Estas experiencias, paradójicamente, demostraron a nuestro proyecto que por esa vía no seríamos más que instrumentos reproductivos y nunca transformadores:
En las entrevistas radiofónicas, a las que nos invitaban para hablar del éxito espectacular del apoyo escolar, nos silenciaban cuando exponíamos la etnoestratificación escolar o la guetificación escolar .
En el distrito del barrio echaron a nuestra compañera de Prevención por causas, a mi parecer injustas, que no expondré en este artículo.
Estos acontecimientos se convirtieron en el punto de inflexión del programa. Nuestra mirada pasó a centrarse en trabajar la transformación personal de los jóvenes que acudían al centro y revertirlo a la sociedad cuando se garantizara la mínima autonomía de lo que hacíamos sin grandes difusiones y primando la asistencia del grupo de iguales que tenían los jóvenes que comenzaban a ver en el ejemplo de sus compañeros la grandeza que albergan y nadie les había hecho ver nunca.
Sin embargo, cuantitativamente conseguimos unos resultados que ofrecían unas posibilidades óptimas para el acercamiento de jóvenes de diversas procedencias, pese al nombre del centro y sobre todo la arribada de jóvenes madrileños.

El teatro como medio de abordar la madurez de un proyecto
A los éxitos endógenos que fuimos consiguiendo, como el fabuloso proyecto de liga de fútbol Intercepi, logrado gracias al apoyo del ex-consejero de inmigración y el esfuerzo de los profesionales de algunos Cepi. Un apoyo escolar que tenía más de 40 inscritos o La cofradía del Rap, el proyecto de “rapeadero” en el que coparticipan los Servicios Sociales del Distrito.
Debemos sumar nuestro mayor éxito, conseguir un grado de cercanía con algunos jóvenes que nos permitió encontrar en su discurso más cercano la herramienta clave para trabajar: sólo necesitábamos escucharles.
De esa escucha nació, no sólo la mencionada Cofradía del Rap, sino un proyecto teatral ambicioso que llevó (aún lo hace) de modo magistral el actor Alex Herrán, formado en la escuela “Teatro de la Escucha”.
Se comenzó por analizar qué creían los jóvenes como injusto y se realizó la primera acción en Atocha para denunciar la vulneración de los Derechos Humanos. Se mostró la poesía de Benedetti en un mercado. Se aprendió la importancia del grupo por encima del individuo, pero quizá lo más increíble fue mostrar el desgarrador daño que produce la reagrupación familiar tardía desde una técnica llamada “Teatro Encuentro”.
En una clase de inglés, estudiando los números, pregunté a todos que narraran una fecha que ellos considerasen importante en sus vidas. En menos de cinco minutos, cinco jóvenes de un grupo de 8, irrumpieron a llorar y todos me decían una fecha muy cercana en el tiempo… ¡Carajo! La fecha de su reagrupación. Ninguno la había olvidado porque ninguno tenía sus heridas cicatrizadas.
Hablé con Alex y nos pusimos manos a la obra: con cuestionarios anónimos y gracias a la ayuda del siempre genial Moisés Mato, creador de este método, creamos el monólogo de esta experiencia llamado “El jarrón roto”
En menos de dos meses conseguimos reunir a más de 120 personas sin más difusión que algunos e-mails a nuestra red de apoyo y el boca a boca para presenciar el estreno de “El jarrón roto” y un concierto de música donde presentamos a la “Cofradía del Rap”, todo ello bajo la atenta mirada de Antropología Media pues toda la experiencia quedó enmarcada en un documental llamado “En el Teatro de la vida”.
Gracias a esta experiencia conseguimos ver a padres de 50 años dialogando con jóvenes adolescentes para que les explicaran cómo se sentían ellos para así poder comprender a sus hijos, que no les hablaban nunca de la reagrupación, ese asunto que sus hijos les echaban en cara pero del que no se atrevían a hablar. Una vez más comprendimos que por mucho que trabajáramos en una dirección hay situaciones que, de momento, nos superan.
Al tiempo, por motivos de diversa índole, abandoné el programa, que fue mi casa por dos años, dejando atrás un equipo increíble sin el cual estas líneas no tendrían sentido. Y una red de asociaciones con las cuales hicimos posible un cambio en muchas personas. Muchos jóvenes comenzaron a creer en sí mismos aunque no crean a veces en ellos las instituciones que subvencionan estos proyectos.
La experiencia y el motivo de este artículo no ha sido para alabar las glorias de este programa, sino para abrir un diálogo acerca de la reproducción social y las instituciones sociales que las desarrollan ¿Quién no reproduce esquemas hegemónicos de modo inconsciente o consciente? ¿Podemos escapar a esta reproducción? ¿Debemos negarnos a trabajar con Instituciones no afines, a priori, sin conocer antes a su equipo?
Yo abogo por no dejar de trabajar en el tercer sector, pero hagámoslo para transformarlo con más gente. Solos nunca conseguiremos cambiar nada, aunque lo más idóneo sea la autogestión, jamás conseguiremos crear una contrahegemonía.
Hoy día, tras la experiencia, pese a las tardes de enfado y trabajar la resiliencia a grandes dosis, he de confesar que muchos de los jóvenes a los que conocí no son los mismos, su forma de ver el mundo ha cambiado y yo he sido el gran beneficiado de compartir esos años con ellos. Creo ser, al menos, un poco mejor persona gracias a ellos.

Para saber más de esta experiencia pueden ver el Documental “En el Teatro de la vida”.

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