El conflicto juvenil de Alcorcón

El origen y la evolución de los hechos

El origen de los hechos que se producen en Alcorcón a partir del 20 de enero se encuentra en una pelea “de parejas”: dos chicos que se pelean por la misma chica (1), que termina en un “ajuste de cuentas” colectivo en el que cada parte convoca a sus colegas para “dar una lección” al contrario. Es, en su origen, una expresión de ciertas actitudes machistas que anidan en bastantes chavales y chavalas jóvenes, que se manifiestan a diario en los ambientes juveniles más diversos, y que casi siempre se resuelven sin violencia o con una violencia menor.
En este caso, la congregación de un cierto número de jóvenes con ánimo de venganza arrasa a su paso con lo que encuentra, y sin venir a cuento, un joven que nada tenía que ver con la pelea resulta apuñalado y herido de gravedad.
El hecho de que se muevan en grupo, así como la distinta nacionalidad de unos y otros, pone de relieve los elementos que van a determinar la imagen de esta agresión desde el punto de vista más simplista: las bandas latinas violentas siembran el miedo y la inseguridad.
Esta imagen profusamente difundida por los medios de comunicación es la excusa ideal para que grupos de jóvenes fascistas vinculados con España 2000 anuncien su intervención contra los inmigrantes. Pero no sólo, ya que, al lado de éstos, otros grupos de jóvenes que se autodenominan “antirracistas” lanzan también sus convocatorias dejando claro que no salen a la calle por estar en contra de los inmigrantes, sino para “defender al pueblo de la inseguridad que generan algunos de éstos”, que hacen cosas como acaparar los espacios públicos; apropiarse de las canchas y alquilarlas a quien quiera usarlas; meterse con “nuestros” hermanos pequeños, robándoles, etc. Una situación en la que el maremágnum de percepciones, consignas y convocatorias forma un círculo del que es imposible saber dónde empieza y dónde acaba.
Las diferentes convocatorias y concentraciones, profusamente anunciadas mediante SMS, y que trascienden el ámbito de Alcorcón, se encuentran con una impresionante presencia policial y, sobre todo, con una sorprendente presencia de medios de comunicación, especialmente de las televisiones.
Lo que podía haberse quedado en una pelea de cuatro macarrillas, se convierte en un problema de orden público –ocupación de la calle, disturbios, inseguridad, vandalismo– que, en un principio, alguna gente vive como una agresión exterior al propio pueblo, y que, posteriormente, la agitación de los grupos más ideologizados –entre ellos el PP– convierte en una lucha interracial.
Probablemente es ahí cuando salen a la luz los “rencores” de algunos ciudadanos, acumulados por experiencias o noticias de conflictos cotidianos en la convivencia con algunos jóvenes inmigrantes: extorsión en el empleo de los espacios públicos, pequeños hurtos, menudeo de droga, absentismo escolar, alcohol y broncas…, nada diferente a lo que se sabe que ocurre en barrios como Lavapiés, Pueblo Nuevo o Carabanchel, y problemas en los que no siempre, ni solamente, intervienen jóvenes de origen inmigrante. No hay que poner en duda que, en una situación de tensión, salen los peores sentimientos, no sólo racismo, sino nacionalismo, xenofobia, y también miedo. Son actitudes individuales que surgen en un contexto de tensión pero que, en el caso de Alcorcón, son reproducidas de forma muy destacada por los medios de comunicación, dando la sensación de que es un sentimiento colectivo y generalizado.

Los medios de comunicación y los jóvenes

Visto el cariz que toman las cosas, se promueve una asamblea de todas las asociaciones, partidos, sindicatos y entidades presentes en Alcorcón. Casi 300 organizaciones, con el PSOE y el PP presentes, firman y publican un manifiesto en el que niegan que Alcorcón tenga problemas especiales de convivencia, niegan comportamientos racistas o xenófobos, denuncian la manipulación del conflicto por parte de determinados grupos (principalmente los de extrema derecha) y critican severamente la imagen distorsionada que están dando los medios de comunicación. Todos firman menos el PP que, en su línea habitual, y teniendo en cuenta que el alcalde es del PSOE, se empeña en denunciar la responsabilidad del Ayuntamiento por ocultar que hay bandas de extranjeros que provocan inseguridad ciudadana, y en azuzar un enfrentamiento racial que, en principio, no existe. Y ello permanentemente reiterado en las noticias de Telemadrid, la cadena de la Comunidad de Madrid.
El problema es que para entonces –una semana después– van aumentando los chavales que se agrupan, concentran, corren, hostigan a la policía o a los reporteros o, por el contrario, les conceden entrevistas. Parece que la presencia policial y la de los medios de comunicación se han convertido en unos significativos elementos de atracción para muchos chavales de Alcorcón o de fuera, que sienten curiosidad y la necesidad de implicarse en una batalla que les hace sentirse importantes y les da protagonismo ante la opinión pública.
Un detalle a tener en cuenta es que la práctica totalidad de los jóvenes participantes en las movidas callejeras son chicos.
Al principio, los medios de comunicación, de forma general, han contribuido, sin duda, a magnificar el conflicto. Los primeros reportajes han ignorado la realidad de Alcorcón, y han convertido situaciones episódicas, como las lógicas reacciones de miedo y rechazo de gente mayor ante una presencia inusual de jóvenes en la calle con actitudes destructivas, en un estado de emergencia habitual, sólo ahora descubierto; o confundiendo la existencia de bandas organizadas con esos grupos de chavales decididos a darse mutuamente una lección.
La extraordinaria presencia de los medios en el campo de batalla ha tenido, además, una función perversa, y ha sido la de generar unas expectativas de protagonismo en los chavales, que se han vistos reconocidos –no tanto individualmente, sino como colectivo que pinta algo socialmente– y dotados de una identidad social de la que carecen por sí mismos, por su propia situación socioeconómica y por el lugar invisible que ocupan en la sociedad.
Sobre todo en los primeros días, es como si se hubiera producido un pacto entre la prensa y los chavales: la primera ofreciéndoles protagonismo, y los segundos proporcionando motivos para mantenerlo. Un interés mutuo que ha contribuido a alimentar un conflicto más allá de sus orígenes.
Pasados unos días, algunos medios, como El País, rectificaron su enfoque, informando menos “de oídas” que a través de un trabajo de campo, recogiendo opiniones variadas y muy significativas que reflejaban más claramente el trasfondo de los problemas y no, como días atrás, transmitiendo una interpretación magnificada de unos cuantos síntomas. Otros medios, como Telemadrid o Telecinco, siguieron centrando sus informaciones en la violencia, en los enfrentamientos raciales, transmitiendo una sensación de caos y desgobierno, dando voz a todos los dirigentes del PP habidos y por haber, que no perdían ocasión de responsabilizar al PSOE de la situación, y ofreciendo alternativas exclusivamente represivas.

Los jóvenes, las bandas, los nazis y demás

La forma en la que comenzaron los hechos, con la implicación de jóvenes de origen inmigrante de diferentes nacionalidades latinas, así como el rápido agrupamiento de jóvenes autóctonos para una acción de venganza y la violencia con la que se produjeron las persecuciones, de la que resultó un chico apuñalado varias veces y en estado grave, disparó rápidamente la idea de que Alcorcón estaba tomado por bandas latinas, y que lo ocurrido era el resultado de ello, una idea profusamente alimentada por el PP y sus medios, como ya se ha dicho.
Los efectos de esta precipitada conclusión fueron diversos, algunos de ellos muy nocivos. El más inmediato, y uno de los más perjudiciales, fue la construcción de un enemigo racial y nacional distinto y ajeno al pueblo, a Alcorcón. Ya no se veían jóvenes con malas maneras, con mala conducta, o incluso con actitudes violentas y delictivas, pero episódicas, sino que se veían “grupos de extranjeros organizados para hacernos daño”.
La existencia de bandas latinas es un hecho que nadie puede negar, pero no se puede caer en el error de confundir una pandilla de chavales con una banda del estilo de Latin King, Ñetas o DDP. Lo que no quiere decir que algunos de esos chavales no terminen formando parte de esas bandas. Pero la generalización, más que por injusta, al atribuir a todo un colectivo las acciones de algunos de sus miembros, perjudica sobre todo porque deforma la realidad, inventando un enemigo que no existe.
Y la realidad es que los chavales en los barrios acostumbran a moverse en “pandilla”, en grupos de colegas, en general de la misma nacionalidad, un rasgo que constituye para muchos de ellos una seña de identidad con un sentido fuerte. El de la identidad nacional es un fenómeno bastante enraizado, a veces vinculado al color de la piel, que se manifiesta no sólo para reforzar la propia identidad sino, explícitamente, para diferenciarse de los otros. En algunos casos, decir “soy de tal nacionalidad” significa algo más que decir de dónde eres: es la identificación de ese origen con virtudes que se le han de suponer, y que no todas reflejan valores que haya que imitar. Algo que, probablemente, no sea exclusivo de los jóvenes de origen extranjero, ni tampoco generalizable a todos ellos, y que denota la necesidad de dotarse de elementos identificativos de grupo que les otorguen una seguridad que por sí mismos no tienen. Lo cierto es que lo que se pone de manifiesto en algunos de esos chavales, en algunas de esas pandillas, es un gran rechazo del que no es “de los suyos”.
Probablemente ha sido esa imagen de organización y de grupo con la que se ha mostrado a los chavales de origen latino, añadiendo a su cuota de responsabilidad en unos hechos episódicos un comportamiento de extorsión en la utilización de espacios públicos, lo que ha podido propiciar la organización en grupos con nombre, a su vez, de otros jóvenes (autóctonos casi en su totalidad), como forma de adquirir fuerza e identidad grupal frente a los primeros. En una reciente entrevista, un chaval menor de edad de Alcorcón recitaba más de una quincena de extraños nombres de grupos existentes, y advertía de que, en la semana de los hechos, dichos grupos habían crecido más que nunca.
Otro efecto pernicioso ha sido el de atraer a jóvenes de otras zonas y municipios a la movida. Los grupos skin heads y otros relacionados con España 2000 han encontrado en Alcorcón una meca para su cruzada contra los inmigrantes. Pero en la ocupación de la calle han coincidido con los reds skins, con jóvenes de la Asamblea Antifascista de Alcorcón, o con el Sindicato de Estudiantes, en una mezcla difícil de explicar con las referencias habituales.
Como fenómeno, esa especie de internacionalización del conflicto debe ser tenida en cuenta. Ha podido obedecer a diferentes razones, pero en su aspecto de ingerencia ha contribuido a sobredimensionar y a tergiversar los hechos.
Un hipotético y tercer efecto perverso es el crecimiento y enquistamiento de las pandillas de chavales latinos, o incluso su ingreso en otros grupos menos inocentes, como forma de compensar la falta de autoestima y de integración en la sociedad de acogida, con la búsqueda de protección y reconocimiento en un medio más afín.
Pero, volviendo a los hechos, en Alcorcón se han manifestado al menos dos fenómenos que conviene distinguir. Uno, previsible, que ha estado en el origen del conflicto: chavales, en su mayoría hijos de inmigrantes, pero también autóctonos, que manifiestan expresiones de machismo y de fuerza impropias, y que usan determinadas formas de violencia para resolver sus conflictos. Y otro, el que se ha producido después, a mi juicio imprevisible, que son las convocatorias y concentraciones de jóvenes autóctonos, mayoritariamente chicos, con objetivos confusos, pero proclamando una especie de “defensa de nuestro territorio”.

Lo que no se veía y lo imprevisible

Lo que ha aparecido en Alcorcón es algo que está en muchos de los barrios de Madrid y su Comunidad. Lo que no se veía, aunque fuera previsible, y ha emergido es la existencia de un montón de adolescentes de origen extranjero en los que concurren una serie de características como las siguientes.
Los estudios: han acabado la educación obligatoria (16 años), o ni siquiera la han acabado, pero no tienen edad para continuarla. Ya no tienen la obligación de ir a clase, aunque estén matriculados en Garantía Social. En esta situación se encuentran, desde luego, una parte significativa de los chicos de origen inmigrante, cuyo índice de fracaso escolar y de mala inserción, sobre todo en el caso de los que han sido recientemente reagrupados, está demostrada con cifras (2). Una situación de la que quizás no se libren muchos adolescentes autóctonos de nivel socioeconómico similar.
El trabajo: los que trabajan lo hacen en la precariedad: mozos, reponedores, recadistas, camareros, repartidores de prensa gratuita y propaganda, pero la mayoría dura poco en ese tipo de trabajos. La precariedad de esos empleos y su currículo no da para más, y ellos lo saben. No ven futuro en lo que la sociedad les ofrece.
La familia: muchos de estos adolescentes no están controlados ni acompañados en casa. Sean de familias monoparentales o biparentales. Durante todo el día los padres trabajan o buscan trabajo. Comen solos, o no comen, entran y salen cuando quieren, y sobre todo, no tienen una referencia de autoridad, pero tampoco de atención y de cariño. No hay comunicación, no se transmiten valores, tienen una cierta confusión sobre el papel de los miembros de la familia, sobre todo si la comparan con la que había en su país, antes de la emigración, o la que tenían ellos si han sido recientemente reagrupados. Algunos chicos han estado mucho tiempo separados de sus padres, que estaban aquí, y han vivido con abuelas, hermanas, tías u otro tipo de cuidadoras.
Los conflictos se resuelven con agresividad o dejando hacer. Las familias no siempre conocen la situación de los chavales, y si la conocen, no siempre saben lo que es mejor hacer, relativizando en algunos casos los problemas o accediendo a sus exigencias con tal de tener la fiesta en paz. La ausencia de autoridad, la falta de tiempo y el cansancio a que obligan las largas jornadas laborales, o la carencia del padre o la madre, son algunos de los elementos que sostienen estas situaciones.
El entorno social: lo habitual es que los chavales y sus familias compartan casa con otras personas ajenas a ellos. El hacinamiento en mayor o menor grado no es infrecuente, por lo que los chicos no disponen de un pequeño espacio propio, sino que han de compartirlo todo –a la fuerza–, lo que conduce a buscar espacios que sólo se encuentran en la calle, donde coinciden con chicos en parecidas circunstancias y, por lo tanto, donde encuentran un apoyo mutuo en su soledad y una identificación en sus circunstancias.
Una vez en la calle, y cuando los colegas se convierten en su ámbito preferente, empieza otra dinámica. Tienden a juntarse con los de su misma nacionalidad y a aburrirse juntos. Se acuestan tarde, se levantan tarde, empiezan a faltar al colegio, lo que les hace rendir cada vez menos y, por lo tanto, a alejarles cada vez más de la enseñanza. Su única diversión es la discoteca, pero eso cuesta dinero. Algunos trapichean para cubrir esos gastos o los de ropa y gimnasio. Es un entorno que les separa de la sociedad, a la que ven con unas normas que no les gustan porque no las comprenden, y porque no se acomodan a su situación, lo que les hace gregarios y puede acabar haciéndoles hostiles.
La formación de su personalidad y su identidad: en este aspecto juega un papel más importante lo que no reciben que lo que reciben. La ausencia de una educación en principios y valores deja vía libre a unas formas de relación violentas, machistas, que captan como esponjas porque las tienen al alcance de la mano (la tele, principalmente), y porque son las que les dan poder sobre otros, a falta de otras vías para tener una mínima autoestima. El valor que priorizan es el “vales lo que tienes”, no lo que sabes, o cómo eres, o el esfuerzo que has hecho para alcanzar un logro; y ello significa obtener lo deseado (la chica más guapa, los accesorios más de moda) rápidamente y de cualquier forma.
Este conjunto de elementos –entre otros– hace fácilmente previsible el surgimiento de situaciones antisociales de los que las primeras víctimas son los propios chavales y sus familias, que ven frustradas sus expectativas de una vida mejor. Es una deriva que no se corresponde con su contexto de origen, cultural o étnico, sino con su situación aquí, y con el tipo de acogida que encuentran.
Por otro lado, era previsible que los grupos ultraderechistas quisieran pescar en río revuelto, y que, frente a ellos, jóvenes de signo contrario hicieran su aparición. Pero lo que no era tan previsible es que una multitud de chicos (apenas chicas) jovencísimos, y ajenos a cualquier adscripción ideológica, se vieran tan atraídos por la bronca policial y por los medios de comunicación.
Por sus declaraciones en las diversas entrevistas que los medios les hicieron, sus objetivos no parecían del todo claros, pero sí lo era su descuelgue de ese mensaje de convivencia pacífica entre inmigrantes y autóctonos que las organizaciones sociales han venido emitiendo, y más bien tendían a manifestar su rechazo a los inmigrantes a través de la crítica a actuaciones, como la ya mencionada extorsión en el espacio público, que parecían conocer sólo de oídas.
La cuestión es si un buen número de chavales autóctonos, también sin expectativas de futuro, también familiarizados con ciertas formas de violencia, también con problemas parecidos a los ya señalados en relación con su entorno social y familiar, no pueden encontrar en «la defensa de nuestro territorio y de nuestras “buenas” costumbres» un motivo para gustarse más, y un sentido a su invisible existencia.
Lo que en un principio nada tenía que ver con el racismo y la xenofobia, podría terminar siendo su semilla.

Algunas conclusiones y propuestas

Si bien es cierto que la exageración y generalización de los conflictos sociales episódicos, tal como hace el PP, es un grave error, porque pueden sembrar ideas que terminen siendo realidad, y porque desvían la atención de los verdaderos problemas, también lo es cerrar los ojos a la realidad y no reflexionar sobre problemas menos visibles, pero no menos importantes, como los señalados más arriba, error del que no se libran algunos dirigentes del PSOE.
En realidad, más que problemas, son situaciones lógicas del desajuste que se produce con la llegada de nuevas poblaciones, y que se convierten en problemas cuando no se prepara una acogida adecuada. Problemas que surgen tanto entre quienes acogen como entre quienes son acogidos. Estas nuevas situaciones no requieren soluciones espectaculares, sino soluciones sostenidas, lo que demanda un mayor gasto social, ya que difícilmente se pueden emprender iniciativas integradoras estables con el actual gasto social, que está muy por debajo de la media europea.
Nuestra sociedad ha experimentado unas transformaciones muy rápidas y grandes, sobre todo en determinadas localidades, particularmente con la afluencia de niños y jóvenes de distintos orígenes nacionales, cuyas circunstancias exigen revisar y adecuar varios de los sistemas sobre los que se asienta nuestra sociedad: el sistema escolar, el sistema sanitario, determinados recursos sociales, el sistema laboral, el sistema de vivienda, y unas políticas de integración más extensas y, sobre todo, más efectivas.
No basta con hacer proclamas, congresos y anuncios sobre el respeto a la diversidad. Es preciso que los poderes locales, principalmente los ayuntamientos y las asociaciones, conozcan mejor la realidad que gestionan, promuevan un mayor acercamiento a la misma y programen mecanismos para priorizar la convivencia. La convivencia tiene unas normas que, primero, deben ser acordadas por todos, y luego respetadas, también por todos. El conseguirlo va a depender de que toda la ciudadanía se implique, incluidos, por supuesto, los inmigrantes, a quienes hay que facilitar la tarea igualándoles en derechos, y de quienes se debe exigir el mismo compromiso que a los demás en el cumplimiento de las obligaciones de ciudadanía.
En el caso de los jóvenes, el papel de los padres es fundamental, por lo que hay que poner los medios adecuados para que puedan comprometerse en su educación. Los mismos medios que las familias autóctonas de similar condición necesitan para hacer lo propio. Con las actuales condiciones laborales y de vivienda de una amplia capa de familias trabajadoras es impensable alcanzar el equilibrio necesario para transmitir valores positivos.
El presupuesto es fundamental y también lo es que las administraciones, en sus diferentes competencias, cumplan. Pero no se trata sólo de eso. Se trata también de observar y de percibir qué nuevas situaciones y necesidades sociales se están creando y cómo se puede conseguir el compromiso activo de toda la ciudadanía, sea cual sea su origen nacional, para abordarlas.

(1) Cada uno de los jóvenes de distintas nacionalidades: española, dominicana, boliviana y ecuatoriana.
(2) Según el informe de la Comisión Europea de 2006, España es el país de la Unión Europea donde el porcentaje de alumnos extranjeros que abandonan sus estudios tras la etapa de enseñanza secundaria es mayor, con un 48,6%, casi la mitad. Los datos del MEC del curso 2004-2005 revelan que las diferencias en las tasas de escolarización en relación con la población española alcanzan los 19 puntos. En concreto, sólo uno de cada diez niños de familias extranjeras está escolarizado en bachillerato.

Algunos datos de Alcorcón

Alcorcón es un municipio de unos 175.000 habitantes, del sur de Madrid. Uno de los municipios de esa zona que crecieron muchísimo con la inmigración interna (*) y en los últimos años con la inmigración exterior, que alcanza un 14% de su población aproximadamente y es principalmente marroquí.
Pero es también una antigua ciudad dormitorio modernizada, como la mayoría de los pueblos del sur y el oeste de Madrid, que han acogido a miles de familias jóvenes de Madrid capital, de clase media, al ser los precios de la vivienda un poco más asequibles.
En su ampliación, y a pesar de su rápido crecimiento, se ha convertido en un municipio moderno, con instalaciones y servicios actualizados, en el que se ha venido promoviendo una política urbanística antigueto, sin zonas segregadas, con equipamientos y dotaciones básicas como hospitales, centros comerciales, bibliotecas y centros culturales.
Pero también tiene un centro viejo y degradado, habitado sobre todo por gente mayor y que, paulatinamente, ha ido siendo ocupado por inmigrantes, dada la modestia y decrepitud de esa zona, y en consecuencia, el menor coste de sus viviendas.
Este municipio tiene un tejido asociativo nada desdeñable, como lo demuestran las casi 300 organizaciones sociales que funcionan (asociaciones de padres de alumnos, de vecinos, deportivas, de inmigrantes, de ocio, culturales, juveniles…). Desde el punto de vista de las relaciones vecinales, es una sociedad en la que hay pocos problemas de xenofobia, al menos que se hayan manifestado hasta ahora. Pero también tiene una zona de “copas”, en un polígono industrial de las afueras, reciclado como lugar de ocio nocturno de fines de semana, cuyos clientes son habitualmente jóvenes, y donde es frecuente la existencia de altercados, unidos al tráfico y consumo de drogas y alcohol.
Alcorcón tiene actualmente un 5,5 % de paro, un porcentaje inferior en 3 puntos a la media española.

  • En 1955 tenía 1.370 habitantes. En 1975, 113.000. En 2007, 175.000.

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