El carcelero y el dragón

Érase una vez un reino dominado por el Señor Oscuro. Unos le llamaban Libre Comercio, otros Neoliberalismo, otros Mercado Total, pero todos, absolutamente todos, estaban bajo su poder. El Señor Oscuro también contaba con el servicio de otros Señores Menores como eran Economía Sumergida, Pensamiento Único, Fondo Monetario, Deuda Externa y alguno más. Durante años usó un dragón para extender su dominio. Lo llamó Colonialismo. Pero cuando envejeció tuvo que cambiarlo por su hijo, el dragón Capitalismo. Pero éste se hizo muy mala fama y, para seguir imponiendo su poder, empezó a usar a su hijo, el dragón Globalización. Una bestia que parecía simpática y generosa pero que era tan brutal como sus parientes. Con Globalización, el Señor Oscuro dominó el mundo más que nunca.

El carcelero y el dragón

Llega el verano y la piscina del Centro de Internamiento1 se llena de niños. Son los hijos y las hijas de los policías que vigilan el Centro. Están de vacaciones y aprovechan para ir a la piscina a bañarse y refrescarse del calor sofocante. El carcelero escucha los gritos de los juegos, el chapoteo, incluso alguna canción de fondo. Todos los veranos se sorprende de cuánto escándalo son capaces de armar esos endiablados muchachos. El carcelero no tiene hijos. El médico dijo que era un problema de fertilidad. El carcelero se asustó cuando escuchó eso, pensó que su hombría estaba en entredicho. Pero no, parece que eso no tenía nada que ver con la hombría, era más bien una cuestión de espermatogénesis o algo por el estilo. El carcelero se conformó con lo que le dijo el médico, pero le pidió a su mujer que no le contara a nadie que era él el que no funcionaba. Se sentía avergonzado por no poder ser padre y no quería que su vergüenza se hiciera pública. Con la llegada del verano y la invasión de la piscina del Centro por aquel ejército en miniatura, le venía a la mente el recuerdo de las visitas al andrólogo. No eran recuerdos agradables. Después de aquello, un después muy largo porque le costó recuperarse del disgusto, se plantearon adoptar algún niño. Ya que lo hacemos, le propuso su mujer, podríamos adoptar a algún niño que realmente lo necesitara. Al carcelero no le convencía mucho eso de adoptar a algún niño con problemas, pero no quería darle más disgustos a su mujer. Está bien, consintió, si es lo que quieres. Pero lo que no sabían eran las dificultades que tendrían que superar. Con la última no pudieron. Su sueldo de carcelero no daba para pagar todos los trámites necesarios para que la adopción fuera correcta y además no tenían casa en propiedad. Todavía vivían de alquiler. El carcelero volvió a sentirse derrotado. Sus gónadas o lo que fuera que no le funcionara no le dejaban ser padre biológico, su sueldo tampoco le dejó serlo adoptivo. La vergüenza se apoderó definitivamente del carcelero. No es culpa tuya, le decía su mujer. Pero él no pensaba así. Se sentía culpable, inútil biológica y maritalmente. Y una fría e incómoda distancia fue abriéndose entre el carcelero y su mujer. Hasta que un día ella le habló: Ninguno de los hijos que no hemos tenido ni tendremos merecen que nos dejemos de querer. Aquellas palabras no alejaron la vergüenza ni la desesperanza del carcelero, pero le permitieron volver a querer a su mujer sin distancia alguna. Con los chapoteos de la piscina del Centro, al carcelero le vuelve una amargura lejana y profunda, una amargura oscura, silenciosa, que nunca conseguirá apartar de él. Una amargura que contempla asomado a la ventana que da a la piscina mientras espera que llegue el compañero y finalice su turno en el Centro.
Si el carcelero se enterara que lo llamamos carcelero no nos lo perdonaría nunca. No soy un carcelero, nos diría, me insultáis con esa palabra, yo soy un policía que sirve al Estado, cumplo con mi misión, las personas que están aquí será porque merecen estarlo, yo confío en los abogados, en los jueces, en los gobernantes, ellos no consentirían que aquí estuvieran encerrados personas que no lo merecieran. Si el carcelero nos dijera todo eso no nos mentiría ni en una palabra, cree en todo ello.
El carcelero se ha cansado de mirar por la ventana. Esta tarde los niños están más alterados que de costumbre y no dejan de pelearse ni de gritar. El cielo está indeciso y no sabe si nublarse o no. Agosto avanza y pronto llegaran las tormentas anunciando el final del verano. Pero el calor no se va. El uniforme sofoca al carcelero. Y en el Centro no hay aire acondicionado. Al carcelero se le ocurrió decirle al Director que vendría bien que hubiera aire acondicionado o al menos ventiladores, que allí dentro hacía mucho calor, sobre todo en las habitaciones de los internos. Que se jodan si tienen calor, gritó el Director, esos putos negros y moros de mierda, encima que vienen a nuestro país a robarnos y violar a nuestras mujeres, querrán que los recibamos con aire acondicionado, bastante bien los cuidamos ya. Anda, anda, le dijo al carcelero, márchate que ya veré de conseguiros un ventilador para vuestra sala. El carcelero no le ha contado a nadie lo que le dijo el Director del Centro, ni siquiera a su mujer. El Director debió tener un mal día, él no pudo decir eso sin alguna razón, habría tenido algún disgusto en casa. Pero también está lo de aquellos panfletos, y lo de la otra tarde. El carcelero está preocupado, sobre todo por lo de la otra tarde. Está tan preocupado que ha estado casi todo su turno mirando por la ventana y apenas se ha acordado de sus gónadas ni de los hijos que nunca tendrá.
El carcelero se aleja de la ventana y baja las escaleras. Hay que bajar escaleras para llegar hasta las habitaciones de los internos. Están bajo tierra, como la cantina rodeada de rejas o los locutorios de las visitas. Bajo tierra, piensa el carcelero, como el infierno. El carcelero se sorprende de sus pensamientos. Últimamente no ha dejado de recibir sorpresas: las barbaridades que dijo el Director, aquellos panfletos y lo de la otra tarde. Es como si hubiera trabajado años en un Centro que no fuera lo que él pensaba. Como cuando se creía que era un hombre como dios manda y el médico le dijo que no, que no era tan hombre y que padre no lo sería nunca.
El carcelero se asoma al pasillo que lleva a la cantina. Una cantina rodeadas de rejas. De rejas, piensa el carcelero, como en las cárceles. Una cantina en la que hay unas cuantas mesas y sillas, una máquina de bebidas, otra de cigarrillos y una cabina. Bultos inservibles porque ninguno de los internos tiene dinero para hacer uso de ellas. No tienen dinero, muchos no tienen en realidad ni ropa, sólo la que llevan puesta. Pero lo peor es que parece que no tuvieran a nadie. Se pasan días allí encerrados y nadie les visita. Nadie. Nadie. Y si alguien viniera a verlos tendría que verlos a través de un cristal y hablar por un teléfono. Peor que en la cárcel, piensa el carcelero, peor que en la cárcel. Luego salen del Centro, con lo mismo que han llegado. El carcelero piensa que no sabe qué es de ellos cuando dejan el Centro. Y si están solos nadie les esperará cuando los suelten un sábado a las doce de la noche. Y el Centro está muy lejos de la ciudad, muy lejos.
Una voz grave saca al carcelero de sus cavilaciones. ¿Qué es esto? ¿Qué hacía en tu taquilla? Es el dragón Globalización que está de visita en el Centro. El carcelero se sorprende del tono del dragón, parece enfadado, hasta se le escapa un poco de fuego por los ollares. Con lo amable que suele ser Globalización. ¿Que qué es esto, te estoy preguntando? insiste el dragón. Un panfleto, contestó el carcelero, me lo dieron por la calle. Un panfleto, gritó el Dragón, y quién te manda a ti coger panfletos por la calle, y encima lo habrás leído, como si lo viera. Pues sí, contestó el carcelero, lo he leído. No tenías nada mejor que hacer que leerlo, en qué estarías pensando. Entonces el dragón cambió el tono y melifluamente le preguntó al carcelero si había creído algo de lo que allí ponía. No sé qué creer, reconoció el carcelero, ¿de verdad que los internos del Centro no han cometido ningún delito? ¿Ningún delito? volvió a enrabietarse Globalización, ¿te parece poco delito estar en el Reino del Señor Oscuro sin papeles, esas personas son ilegales, Ilegales, te parece poco delito? Pero no han hecho nada, dijo el carcelero, que te falte un papel no es un delito, o al menos no uno que se merezca la cárcel. ¿La cárcel? rugió el dragón, vas a hacer que pierda los nervios, no os explicó con claridad Pensamiento Único que esto no es una cárcel que es un Centro de Internamiento para Extranjeros. Pero aquí la gente no puede salir, razonó el carcelero, no son libres, están prisioneros y algunas cosas del centro son peores que en las cárceles. Y sólo por no tener papeles, pensó el carcelero sin atreverse a decirlo en voz alta. ¿Pero vas a desconfiar a estas alturas de Ley de Extranjería, es que no os quedó claro que todo lo que hace es por el bien de los súbditos legales del Señor Oscuro? le preguntó el dragón al carcelero. El carcelero guardó silencio, no era capaz de responder lo que había pensado. Entonces planteó otra pregunta: ¿Y lo que pasó la otra tarde? Pero bueno, eres policía, le dijo Globalización, te vas a alarmar ahora por unos cuantos palos, el jodido negro se resistió, tus compañeros tuvieron que reducirlo y ya sabes que esos negros son como animales, no entienden lo que se les dice si no es con palos. No me han dejado ver la sala en la que le dieron la paliza, dijo el carcelero más para sí que para el dragón, había sangre, decían que estaba destrozada… No es que no quieran dejarte verla, le convenció el dragón, es que se estropeó y la están arreglando, sólo eso. Allí fuera, dijo el carcelero que ya ignoraba del todo al dragón, en la piscina hay un montón de niños y aquí bajo tierra hemos construido una cárcel para hombres libres.
El carcelero dejó al dragón. Abrió la reja que daba a la cantina y fue hasta ella. Algunos hombres estaban sentados en unas mesas vacías. Uno de ellos fumaba los restos de una colilla. Otro leía una y otra vez una hoja arrugada. Ninguno hablaba. El silencio era total, como si allí no hubiera nadie. Nunca los había mirado con miedo, ni siquiera con desconfianza, mucho menos con odio. Pensaba que eran muchachos y muchachas que se habían equivocado. Pequeños crímenes que purgaban allí dentro porque eran extranjeros. Pero lo que ponía en aquellos panfletos resultaba que era verdad. Su único crimen era el de no tener un papel. Un papel. El carcelero mira a uno de ellos que está sentado solo en una esquina. Parece un niño. Si el médico no le hubiera dicho aquello de la espermatogénesis, su hijo tendría ahora su misma edad, incluso más. Si hubiera tenido hijos ahora tendrían que avergonzarse de su padre porque había sido carcelero de personas que merecían la libertad.
Perdonadme, dijo. Y el hombre salió de allí.

federico montalbán lópez

  1. Los Centros de Internamiento son lugares en los que nuestra sociedad encierra a personas inmigrantes indocumentadas. Demasiadas cosas de este cuento están inspiradas en hechos reales. Demasiadas.

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