El tema de la seguridad o inseguridad ciudadana se ha convertido en los últimos meses en una cuestión de primer orden en el ámbito social y político de Donostia, y con repercusión en el conjunto del territorio guipuzcoano. En el espectro de los responsables de la inseguridad siempre aparecen los extranjeros y, de entre ellos, dos grupos sociales bastante delimitados: los menores no acompañados y los magrebíes. De una manera u otra, de forma directa o insinuada, siempre acaban siendo citados como responsables de los males.
El de la seguridad y la inseguridad es siempre un tema con una fuerte carga subjetiva. Ocurren hechos delictivos y hay personas que los sufren, de eso no hay duda, pero las sensaciones y las percepciones sobre la seguridad tienen siempre un gran peso subjetivo. Incluso las cifras sobre delincuencia suelen ser con mucha frecuencia resbaladizas. De ello da fe, entre otras cosas, las diferencias, incluso grandes, que suele haber entre diferentes organismos, como la Fiscalía General del Estado y el Consejo General del Poder Judicial, por ejemplo, o la diferencia que hay siempre entre delito conocido y delito real, siendo este último superior al primero.
En la transcripción de lo dicho en la mesa redonda organizada por el Diario Vasco, y publicada en su edición del domingo 24 de mayo de 2009, a la primera pregunta que le hacía el periodista Mario García, el alcalde de Donostia respondía de la siguiente manera: En los últimos dos o tres años si existe la percepción ciudadana de que ha aumentado la delincuencia en nuestras calles y que hay más inseguridad ciudadana...llegan personas de otras latitudes, con otros hábitos, con otras culturas, y con otra escala de valores, y todo ello incide, primero, en una sensación de desconfianza e inseguridad, y luego, en que la delincuencia efectivamente se incrementa. Pero además hay otros factores. Al amparo de la globalización, nos llegan a nuestras calles bandas organizadas, bien centroeuropeas, bien latinoamericanas, bandas que cometen robos en domicilios, en comercios o en fábricas.
Dejando de lado el tema de las bandas organizadas, para el alcalde de Donostia los hábitos, la cultura y la escala de valores de los extranjeros afincados en la ciudad crean desconfianza e inseguridad y un incremento efectivo de la delincuencia o, dicho de otra manera, que el aumento de la inseguridad y de la delincuencia tiene que ver con el aumento de la heterogeneidad de la población y con los hábitos, la cultura, y la escala de valores de lo heterogéneo.
Lo que llega nuevo y se afinca en la ciudad sería problemático a causa de sus hábitos, cultura y escala de valores. Así, tendríamos una población “normal”, con hábitos “normales”, con una cultura “normal” y una escala de valores “normal”. Y junto a ella tendríamos una población “anormal”, con hábitos “anormales”, cultura “anormal” y escala de valores “anormal”, población que por su propia “anormalidad” causa inseguridad y hace aumentar la delincuencia. Por lo que se ve, los problemas existentes tienen una causalidad esencialmente cultural, de hábitos o de valores y, en lo que tiene que ver con el aumento de la delincuencia y la inseguridad, no hay problemas legales, ni sociales, ni económicos.
Llevadas las cosas al estricto terreno de la comisión de delitos, pareciera que los delitos que crean alarma social y aumentan la inseguridad son los cometidos por las personas que tienen otros hábitos, otra cultura y otra escala de valores. Y que los delitos cometidos por las personas que tienen los mismos hábitos, la misma cultura y los mismos valores que la población mayoritaria o autóctona, no lo hiciesen.
La alarma y el malestar lo crearían la totalidad de los delitos que se cometen, el delito real, y no solo el delito conocido, aunque en ese conocido estén sobrerepresentadas las personas extranjeras. Esa sobrerepresentación tiene diversas causas y, desde luego, son bastante más variadas que las que cita el alcalde: la situación legal; la situación social de marginalidad; las dificultades de movilidad; la muy escasa o nula perspectiva de incorporarse al mercado de trabajo; la muy escasa o nula perspectiva de acceder a una vivienda o de dormir en sitio resguardado; los agrupamientos eminentemente masculinos formados por hombres jóvenes; la selectividad y la discrecionalidad con la que actúan la diversas instancias relacionadas con la represión de la delincuencia, que hace que determinados grupos sociales estén más vigilados, sean más sospechosos y sean más parados y registrados por la policía que otros grupos.
Diagnosticar adecuadamente este tipo de problemas permitiría buscar las soluciones más ajustadas, las mejores, abarcando la totalidad del problema, la totalidad de sus dimensiones. En las ciudades modernas, inevitablemente compuestas por población heterogénea, habría que tener en cuenta que las ideas y actitudes proclives a la intolerancia hacia lo nombrado o visto como diferente, la xenofobia y el racismo, suelen tener bastante que ver con este tipo de malestares urbanos. El esfuerzo por evitarlo, especifica y especialmente por parte de las instituciones, redundaría en bien de toda la sociedad, pues reforzaría una mejor convivencia en este tiempo de crisis y en el largo plazo.
Agustín Unzurrunzaga
Gipuzkoako SOS Arrazakeria