El debate sobre la identidad nacional en Francia

En el año 2007, después de que Nicolás Sarkozi y su partido la UMP ganasen las elecciones presidenciales, se constituyó el Ministerio de la Identidad Nacional, la Inmigración y la Cooperación, dirigido inicialmente por Brice Hortefeux y, posteriormente por Eric Besson.
Desde que en el desarrollo de la campaña electoral anunciaron su formación, la idea fue muy severa y ampliamente criticada. Para el ensayista e historiador de la ideas Tzventan Todorov, el ministerio tenía un carácter orwelliano, por su parecido con los ministerios de la verdad, del amor, de la abundancia inventados por el escritor inglés en su novela 1984. El 22 de junio de 2007 se hizo pública una petición firmada por 200 artistas, intelectuales, sindicalistas, etc en contra de su formación. Consideraban los firmantes que ese ministerio contribuía a una “confusión de roles y funciones” y a “reforzar los prejuicios negativos hacia los inmigrados…al inscribir la inmigración como problema para Francia y para los franceses en su mismo ser”. Para Violaine Carrere, portavoz de la Asociación GISTI, un ministerio de esas características hace “una amalgama peligrosa y demagógica con relación a las personas que están convencidas de que la inmigración es un problema, cuando no es más que un fenómeno”
Y más allá de la confusión de roles y funciones, está la confusión de ideas manifestada por su primer titular, para quien “la identidad nacional es nuestra herencia cultural, de la que la inmigración forma parte” (Brice Hortefeux, Le Monde 4-7-07). Pero, ¿son la identidad nacional y la herencia cultural una misma cosa? Creo que no. Las identidades, incluida la nacional, están construidas con múltiples elementos. Pero no es la cultura, ni la herencia cultural, inevitablemente múltiple y diversa la que crea la identidad: “Son las condiciones de interacción las que establecen que rasgos culturales deben ser asociados a la identidad del grupo y que diferencias internas deben ser ignoradas…Los contenidos políticos y sociales asociados a la definición de la identidad nacional son inevitablemente cambiantes” (Ignasi Alvarez, ¿Cuanto nacionalismo cabe en la gestión de la pluralidad cultural?, Bilbao 2006)
Y la misma confusión se produce con respecto a ideas como el amor a Francia y la promoción de valores republicanos tales como la laicidad y la igualdad entre el hombre y la mujer, tareas que supuestamente debería impulsar ese Ministerio. Todo Estado suele promover medidas para aumentar la cohesión social y cultural de las personas que habitan en su territorio. Pero, ¿puede la intensidad del amor a Francia determinar los derechos de las personas, ser acogido o ser expulsado? ¿Y Quién mide la intensidad de ese amor? ¿Y ese amor tiene que ser correspondido en alguna medida? ¿Y cómo se mide esa correspondencia? Es verdad que en los últimos años una parte de los hijos o nietos de inmigrantes, personas nacidas en Francia y con nacionalidad francesa, mostraban de forma más o menos intensa su desafección hacia Francia. Pero, de la misma manera que ahora se les pide que amen al país en el que residen, y que lo muestren públicamente, cabe preguntarse quién les ama a ellos, y si es amor lo que han recibido desde hace muchos años, cuando todo el mundo reconoce que han sido relegados espacialmente, estigmatizados por vivir donde viven, con altísimos índices de desempleo, víctimas de fuertes dosis de xenofobia. ¿Qué amor les dispensa el presidente de la República cuando públicamente les ha tratado de escoria y proponía que debían ser karcherizados (lavados con karcher, un detergente industrial)? ¿Se identificarán más y mejor nacionalmente después de ser lavados con karcher?
En abril de 2006, en un discurso sobre la inmigración, Nicolás Sarkozi, a la sazón Ministro del Interior, decía que “si hay a quienes les fastidia estar en Francia, que no se preocupen más y se marchen de un país al que no aman”. El problema es que esa misma idea ya había sido utilizada por los representantes de la extrema derecha francesa Philippe de Villiers y Jean Marie Le Pen. “Francia, la amas o te marchas”, decía el primero; “Francia, ámala o márchate”, decía el segundo. El amor a Francia, aunque sea un tema una y otra vez evocado por Sarkozy y por los líderes de las formaciones de extrema derecha, no tiene nada que ver con la ciudadanía que, mal que les pese, no se define por los sentimientos, por muy importantes que estos sean.

El debate sobre la identidad nacional
El 2 de noviembre de 2009, el segundo titular del Ministerio de la Identidad y la Inmigración, Eric Besson, antiguo dirigente socialista pasado a las filas de la derecha, puso en marcha un aparente gran debate nacional sobre la identidad nacional.
¿Para qué se puso en marcha ese debate? Fundamentalmente por razones electorales, con el ojo puesto en las elecciones regionales que se tenían que celebrar en marzo de 2010, y con la intención de seguir disponiendo de un importante número de votos que habitualmente votan a la extrema derecha, al Frente Nacional. Intentaban repetir algo que les salió relativamente bien en las alecciones presidenciales de 2007, cuando Sarkozy decía: “Si no tuviéramos la identidad nacional, estaríamos por detrás de Segolene. Si estoy en el 30% es porque tenemos a los votantes de Le Pen” (Citado por Tzventan Todorov en El miedo a los bárbaros)
Las propias encuestas de opinión resaltaban que la ciudadanía pensaba que se encontraba ante un debate oportunista, trucado. Así en encuesta hecha por el periódico parisino Le Journal du Dimanche, el 72% consideraba que era una estrategia para ganar las elecciones regionales que se iban a celebrar en marzo de 2010.
Si el debate empezó mal, se desarrolló peor y acabó como el rosario de la aurora. Prácticamente desde el principio se fue convirtiendo, más que en un debate sobre la identidad nacional, en un debate sobre la inmigración y, a medida que pasaba el tiempo y algunos políticos de la UMP decían una tontería tras otra, en un debate sobre la parte de la inmigración que profesa la religión musulmana. El debate no ha servido para clarificar nada sobre el supuesto problema de fondo y, por el contrario, ha liado todo más de lo que ya estaba. Si se quería hablar de la inmigración y de las políticas de integración hubiese hecho falta otra cosa. Y si se quería hablar de la laicidad y de la religión musulmana con respecto a ella, pues lo mismo. De ahí que, para primeros de enero de 2010, representantes de peso de la derecha gobernante pedían públicamente que se parase el debate.
El debate fue finiquitado, oficialmente de marea provisional pero en la práctica de forma definitiva, a primeros de febrero de 2010, mediante un seminario gubernamental y sin la presencia de Nicolás Sarkozi. Fue François Fillón, el primer ministro el encargado de hacerlo en ausencia del presidente. Como decía el periódico Le Monde, “es el primer ministro quien ha asegurado los servicios mínimos” En ese seminario final se propusieron una serie de medidas:

- Reforzar el contrato de integración para los inmigrantes, que está en vigor desde 2007

- Apadrinamientos republicanos, mediante ciudadanos voluntarios que apadrinarían a inmigrantes y les ayudarían en su recorrido de integración.

- Solemnizar el acceso a la nacionalidad, haciendo valer el conocimiento adquirido de una Carta de derechos y deberes.

- Abrir las escuelas a los padres y madres para que puedan mejorar su conocimiento del francés y conocer mejor el funcionamiento de la escuela.

- Poner en las escuelas, en sitio visible, la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

- Hacer cantar la Marsellesa a los jóvenes, por lo menos una vez al año.

- Poner la bandera nacional en sitio visible a la entrada de las escuelas.

- Poner en marcha un Alto Consejo de la identidad nacional compuesto por historiadores, sociólogos y diputados.

Una parte importante de la prensa francesa y de la opinión pública se mostró crítica tanto con la decisión de impulsar el debate, con el desarrollo del mismo y con las medidas propuestas como colofón, calificadas como insustanciales. Es evidente que para adoptar ese tipo de medidas, la mayoría de las cuales, dejando de lado la valoración que podamos hacer de cada una de ellas, estaban ya en vigor antes de iniciarse el debate, no hacía falta semejante montaje. En definitiva, que la insustancialidad de las medidas ha dejado todavía más en evidencia que el fondo del debate no tenía demasiado que ver con la identidad nacional.

Donostia, 9-5-2010

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