La transformación de los mecanismos de integración social

La transformación de los mecanismos de integración social

Danilo Martuccelli

«En todas las democracias occidentales los colectivos de inmigrantes se caracterizan por fuertes indicadores objetivos de asimilación cultural. La gran mayoría de colectivos de inmigrantes que residen en estos países participan y están de acuerdo con los principios del pluralismo político»

En marzo estuvo en Donostia Danilo Martuccelli, profesor de sociología en la Universidad de Lille e investigador en el CNRS (Centre National de la Recherche Scientifique). Participaba en el ciclo sobre Exclusión social y diversidad cultural organizado por Gipuzkoako SOS Arrazakeria y la revista Mugak en colaboración con el Koldo Mitxelena Kulturunea, dando un conferencia y un seminario. Habló de globalización, de exclusión social, de multiculturalismo, de inmigración, de identidades… De algunas de estas cuestiones hablamos con Danilo.

Agustín Unzurrunzaga

Empecemos por el multiculturalismo. Vienes a plantear que la diversidad no es una especificidad de las sociedades modernas, y que las sociedades actuales son, de hecho, sensiblemente menos diversas y plurales que las anteriores. ¿Qué tienen de característico, desde ese punto de vista de la diversidad, las sociedades actuales?
DANILO MARTUCCELLI. Todas las sociedades han tenido una gran diversidad religiosa, cultural y social, variedades regionales y de lengua. Desde ese punto de vista, la sociedad moderna no tiene ninguna especificidad respecto de las sociedades precedentes. Es más, es posible que, dados los mecanismos de asimilación cultural que existen hoy en día (medios de comunicación de masas, sistema escolar, etc.), las sociedades modernas sean mucho menos diferenciadas culturalmente que lo que lo fueron las sociedades del pasado. ¿Qué se debe comprender entonces por el término sociedad multicultural? Señalaría, esencialmente, dos cosas. La primera es que los individuos tienen tendencia a fabricarse identidades personales, a través de trayectorias sociales cada vez más individualizadas. Es decir, que los viejos moldes sociales no se adecuan ya a las aspiraciones personales, y cada uno de nosotros quiere tener el derecho de fabricarse una historia individual. Y el segundo elemento, que tiene relación con el primero, es que, cada vez más, dentro de las democracias occidentales, se considera legítimo que se reconozcan derechos institucionales para que los individuos, que pertenecen o que poseen diferentes gramáticas de vida, puedan expresarlas en la sociedad en la cual viven. Es decir, lo multicultural, designa menos una descripción de hecho que un programa normativo.

Distingues, también, dos cuestiones diferentes. Hablas de sociedades multicomunitarias y de sociedades multiculturales, y hacías, a su vez, una distinción entre el multicomunitarismo y lo multicultural. ¿Qué quieres señalar con esos dos términos?
D.M. Es una distinción que la están haciendo autores diversos. Lo multicomunitario quiere decir que una sociedad se encuentra segmentada en grupos que son relativamente impermeables unos a otros, que funcionan como verdaderas comunidades cerradas, poco abiertas a los intercambios con los otros grupos y que poseen el control de un territorio. Esta caracterización corresponde más a sociedades preindustriales que verdaderamente a las sociedades modernas. La sociedad multicultural quiere decir, por el contrario, que los grupos sociales se definen cada vez más por una diversidad cultural que atraviesa a los propios grupos sociales. Por ende, cuando uno observa hoy la situación de los colectivos inmigrantes en las democracias occidentales, hay que reconocer que, más allá de la existencia de diversos procesos de segregación, o incluso de cuasi guetos étnicos, no existe aún, o muy débilmente, mecanismos masivos de encierre comunitario. Lo que existe, es la aspiración a tener la posibilidad de expresar la diversidad cultural dentro de las instituciones modernas. La variedad cultural es grande en las sociedades modernas; pero no la variedad de culturas. La distinción entre los dos procesos es muy importante, porque, generalmente, cuando sale el multiculturalismo, la imagen que se pone es la del choque de las civilizaciones, o la guerra de los dioses, o el conflicto inevitable entre grupos que tienen gramáticas de vida diferentes que cohabitan en el mismo espacio, y se pasa, sin ninguna solución de continuidad, de situaciones que se explican por razones geopolíticas o de políticas de Estado, como puede ser Líbano, ex-Yugoslavia, Oriente Medio, a situaciones que no tienen absolutamente nada que ver con lo anterior, como son la vida de los colectivos de inmigrantes en las democracias occidentales. Esa asociación, que aparece como evidente, es simplemente una falacia intelectual y política.

En una polémica reciente, iniciada por el presidente del Foro de Inmigración, Mikel Azurmendi presenta a la sociedad multicultural como gangrena de la democracia. Ponía como modelo de sociedad multicultural al appartheid sudafricano y, claro, le salía una cosa terrorífica…
D.M. Partamos de los hechos. En todas las democracias occidentales, los colectivos de inmigrantes se caracterizan por fuertes indicadores objetivos de asimilación cultural. Digo bien de asimilación cultural. Y, sobre todo, la gran mayoría de colectivos de inmigrantes que residen en estos países, participan y están de acuerdo con los principios esenciales del pluralismo político. Por ende, los que defienden este tipo de posiciones de que el multiculturalismo lleva inevitablemente a la guerra de dioses o al apartheid, en el fondo, y mas allá de sus temores, están defendiendo una concepción culturalmente homogénea de la sociedad moderna, que es un proyecto que, expresado en estos términos, esta lejos de ser hoy en día mayoritario. El problema real no es la no asimilación cultural de los inmigrantes, sino la elección entre dos modelos de integración cultural capaz de dar o no una expresión institucional a la diversidad cultural presente en las sociedades modernas (y que incluye, más allá de los inmigrantes, el respeto de todas las minorías).

Te preguntabas ayer si la sociedad multicultural es un nuevo ideal democrático, un nuevo reto democrático, o si es un desafío social…
D.M. Creo que aquí hay dos maneras de razonar. La primera dice que hay que darle un valor mayor y una fuerte autonomización a los elementos culturales. Es, básicamente, lo que se llama tener una cierta sensibilidad, simplificando al extremo, anglosajona, donde la cultura se convierte a veces en el nuevo horizonte utópico de la democracia. Dentro de esa manera de razonar, tras los derechos civiles, políticos y sociales, el nuevo desafío de la democracia sería otorgar derechos culturales a los individuos para que posean la facultad de vivir su vida como mejor les parezca. La otra visión diferente, a la que podríamos denominar continental, dice que cualquiera que sea la sensibilidad que debamos tener hacia los asuntos culturales, hay que tratar de comprender que el verdadero problema se encuentra en las desigualdades sociales, en la desigualdad de acceso a los bienes que poseen los grupos culturalmente minoritarios o los sectores populares. Son pues dos versiones diferentes, que pueden establecer alianzas, pero que ponen el acento en dimensiones distintas y que nutren a partir de ahí, programas de intervención publica diferentes.

Pasando a cuestiones relacionadas con las migraciones, se está dando, en el interior de la Unión Europea, una política que simultanea la apertura interna de fronteras con otra que cierra las exteriores, una política de abrir y cerrar al mismo tiempo ¿Qué consecuencias tiene esto dentro de las diferentes tradiciones, con todos los matices que le podemos poner a esa palabra, ante los problemas migratorios que se dan en Europa?
D.M. Yo diría que la apertura interna se explica dentro del proceso, un tanto errático, de construcción europea. Y, el cierre externo, corresponde a un sentimiento de temor muy grande, generalmente infundado, que se está, hoy en día, expandiendo, promoviendo, cristalizando en muchas sociedades europeas. Este temor se apoya sobre una representación, en gran medida imaginaria, y catastrofista de lo que cada vez más se denomina en la opinión pública los “riesgos” migratorios. La mayor parte de estos temores son falsos, como lo fue la afirmación de una invasión de hordas de europeos del Este tras la caída del muro. Sin embargo, los “bárbaros” no sólo no llegaron, sino que progresivamente los países de Europa del Este se están convirtiendo en países de destino de nuevos inmigrantes. A veces, se podría decir que estos temores reproducen el célebre poema de Kavafis, en el que los senadores romanos esperan a los bárbaros a la caída de la noche y éstos nunca llegan… Por lo demás, nunca hay que olvidar que por importantes que sean las migraciones de personas del sur, cuando se toma en cuenta los porcentajes que existen en términos de flujo migratorio sur-sur y sur-norte, resultan saldos migratorios relativamente bajos y controlados en muchas sociedades (sin olvidar que más de la mitad de las migraciones internacionales no se efectúan desde países del sur hacia los del norte, sino que se trata de una migración entre países del sur). Es teniendo entonces en cuenta estas realidades globales, que no minimizan las dificultades, pero que permiten una comprensión más amplia, como deben discutirse, serenamente, las políticas de inmigración, que deberán ser, un compromiso, entre por un lado, la potestad del Estado de definir su frontera, controlando por tanto la entrada y la salida de individuos, y por otro lado, el respeto de los principios básicos de los derechos humanos. El resultado en las diversas sociedades, en función de debates públicos variables que dependen en mucho del estado de salud de los sistemas de partidos, será un compromiso entre lo políticamente realizable y lo moralmente aceptable. Pero para ello es preciso tener cuidado de no politizar demagógicamente el tema de la inmigración. Lo peor es cuando en un país el tema de la inmigración, cualquiera que sea la política de inmigración que se haya escogido, se convierte en un asunto corriente de la política más demagógica, porque ello bloquea toda posibilidad real de discusión racional, no emocional, y sin temores, de lo que la inmigración plantea como desafío y como posibilidad. El peligro real aparece cuando el tema de la inmigración deja de ser un objeto de debate político, y se convierte, al calor de la demagogia, en un objeto de pánico social. Para evitar estos riesgos es preciso, entre otras cosas, que el debate público se alimente de datos fidedignos. Nada es peor a medio plazo que tergiversar o no comunicar los datos disponibles porque se crea progresivamente un sentimiento de sospecha en la opinión publica.

¿No hay ahí un juego al que a veces, no se si de forma consciente, contribuyen los medios de comunicación de masas? Al enorme impacto de los muertos, se une el tratamiento que a veces dan de la inmigración como oleada, avalancha…
D.M. Los mecanismos de explicación podrían ser diversos. Hay grupos de países del sur, los que tienen mayor proximidad con la Unión Europea, que dada la situación interna por la que atraviesan, se ven tentados a emigrar. Pero no es cierto que todos los habitantes del sur sueñen con desembarcar en los países del norte. Hace unos años, un primer ministro francés dijo que Francia no podía recibir toda la miseria del mundo. Jamás eso ha sido así. Y cuando uno observa que en los años noventa en Francia ha descendido brutalmente el número de nuevos inmigrantes que entran, (ochenta o noventa mil cada año), eso tiene poco que ver con recibir toda la miseria del mundo. Es una manera extraña de crear opinión pública. Hay un problema de comunicación política esencial en esos temas.

Entremos en el tema de la escuela. Decías ayer que la Escuela Pública era un elemento de poder, limitado, pero poder al fin y al cabo, de las clases medias. Un sistema de reproducción de su estatus social y que, a veces, ante el incremento de la diversidad en la propia escuela, se juntaban intereses: por un lado los propios maestros y maestras en su calidad de funcionarios públicos y, por otro, los padres y madres de los alumnos que forman parte de esas clases medias.
D.M. Yo creo que la escuela es hoy en día, por lo menos en el caso francés, y creo que también en vuestro país, un caso ejemplar de la lógica de la patata caliente. Los grupos sociales poseen lógicas de consumo escolar muy diferentes. Existe en casi todas las sociedades europeas una representación falaz que afirma que la presencia de un número importante de alumnos de origen extranjero, por nacionalidad o por origen de sus padres, en una escuela, hace automáticamente bajar el nivel académico, o por lo menos que trae aparejado problemas sociales de disciplina y de incivismo. Los estudios empíricos efectuados desde hace décadas muestran que eso no es cierto. A posición social semejante, los alumnos de origen extranjero tienen tan buenos o tan malos resultados como los autóctonos. Es decir, que los hijos de obreros autóctonos tienen una tasa de fracaso o de éxito escolar semejante a la de los hijos de inmigrantes cuyos padres son obreros. Pero a pesar de lo anterior, ciertas familias desean que sus hijos no vayan a escuelas donde hay una gran heterogeneidad cultural y social. Y es aquí donde las estrategias familiares son muy diferentes. Algunos, por su lugar de residencia, porque pueden utilizar la escuela privada, porque obtienen formas de derogación, consiguen que sus hijos no frecuenten escuelas culturalmente heterogéneas. Y, simplifico un poco, pero no caricaturizo, eso se da con familias de clase media que, entre comillas, controlan el medio escolar. En el otro lado, por el contrario, están las familias de origen popular, obreros y empleados, que no tienen ese “conocimiento” del medio escolar, y que acaban viendo cómo sus hijos van a unas escuelas que perciben como de mal nivel académico. Lo cual hace que este proceso escolar termine produciendo una separación real, a nivel de las escuelas, de públicos sociales. Pero comprendámoslo bien. La separación social no está producida por la diversidad cultural. Es el fracaso de una política de integración escolar la que da como resultado una separación de grupos, que puede convertirse a medio plazo en un verdadero encierro cultural.

Algunos padres impiden la presencia de niños gitanos en la escuelas de sus hijos, apoyándose en su posible conflictividad; y otros padres desmatriculan a sus hijos, sacan a sus hijos de la escuela de forma silenciosa, pues piensan que la escuela se va a degradar con la presencia de niños extraños…
D.M. Esto se convierte en un chantaje para la dirección de la escuelas, que terminan haciendo cosas moralmente dudosas, y afirmando, por ejemplo, que para evitar la creación de escuelas guetos, están obligados a hacer un poco de “discriminación”. Hacer algo de mal, la discriminación, para que el mal absoluto, la guetización, no se realice… Estamos en un momento en el que, en muchas partes, muchos directores de escuela están confrontados a situaciones de este tipo, a veces reales, otras veces imaginarias, pero que terminan, una y otras, dando lugar a actos que son, muchas veces en términos jurídicos, ilegales. Pero vayamos al fondo del problema. Los desafíos que plantean los chicos de origen inmigrante o familias extranjeras dentro de las escuelas, no pueden comprenderse independientemente de las transformaciones que ha sufrido el sistema educativo. ¿Cómo no poner en relación las consecuencias de la masificación escolar durante veinte años en Francia, o incluso, el cambio de legislación en la escuela en España, con esta sensibilidad nueva de los maestros con respecto a jóvenes cuyo período obligatorio de residencia en la escuela se ha alargado? La prolongación de la vida escolar y el ingreso masivo de un público escolar de origen popular en las escuelas explican lo esencial del malestar existente hoy en día en las escuelas. Y eso hace que problemas que son globales en la relación entre profesores y jóvenes, y que conciernen a toda la sociedad, se estén concretando cada vez más en algunos puntos neurálgicos y alrededor de ciertos colectivos inmigrantes.
En el caso francés, el porcentaje de inmigrantes recién llegados es bajo hoy en día. El verdadero desafío se da con la segunda y la tercera generación. Jóvenes que están asimilados culturalmente, cuya lengua materna es el francés, que son de origen popular, y que tienen un sentimiento de frustración social que se expresa generalmente en actitudes antiescolares frente a los profesores. Pero estamos ante un problema de índole social que tiene consecuencias en la escuela, y no ante un problema de diferencia de culturas que la escuela no sabe tratar.

El estadio en el que nos encontramos en Euskadi es diferente…
D.M. Por supuesto, yo desconozco vuestro caso. Pero, de manera general, y si uno se atiene a diversas experiencias nacionales, sí quisiera señalar que el problema no es verdaderamente el número de alumnos inmigrantes en una escuela. Puede haber números grandes o ínfimos. A veces bastan unas pocas decenas para que un sistema escolar entre en colapso. Y en otras situaciones, un número mucho más importante de alumnos logran ser perfectamente gerenciados por un sistema escolar que se dinamiza. Hay que tener cuidado con eso de los números, pues se puede caer en una falsa lógica de umbrales. Lo que se llama el umbral de tolerancia, que en realidad no es otra cosa que un umbral de intolerancia.

Hablemos del bricolaje de las identidades, de las identidades construidas…
D.M. Cuando alguien ha sido asimilado culturalmente y no obtiene la dosis de integración socio-económica que debería corresponderle, el sentimiento de frustración es tan grande que puede deslizarse hacia una invención identitaria extrema. Hoy en día, lo que se está observando en Francia o Gran Bretaña con los jóvenes (con una pequeña minoría, por suerte por el momento) de origen inmigrante, o provenientes de padres inmigrantes, es que, habiéndose asimilado culturalmente de manera muy fuerte, y no habiendo obtenido la integración socio-económica que les correspondía, se están, cada vez más, construyendo una identidad de ruptura frente a la sociedad de origen. Pero, una vez más, no es porque haya una guerra de comunidades. Es porque está fracasando un modelo de integración socio-económica.

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