Gu eta arrazakeria

Mugak Port58

Espelt, Esteve. Departamento de Psicología Social Universidad de Barcelona

“Debemos volver la mirada hacia nosotros mismos,
si tenemos el valor de hacerlo, para ver qué hay en nosotros”
(Jean-Paul Sartre, Prólogo a Los condenados de la tierra de Frantz Fanon)

La negación y proyección del racismo: “Yo no soy racista, pero… mis amigos un poco más”

“¡AVISO! SE PROHIBE LA ENTRADA SIN PREVIO AVISO A PERROS Y RUMANOS. DE LO CONTRARIO SALDRÁN ECHANDO OSTIAS” (cartel en una tienda de informática en Alcúdia, Mallorca, mayo de 2008). Ante un racismo tan contundente y explícito como el que se desprende de la frase anterior (recogida en el Informe anual de SOS Racismo del año 2009), la mayoría de ciudadanos expresa su oposición y malestar así como su convicción de que tales conductas son intolerables y deben ser perseguidas. Sin embargo, este tipo de episodios tienen el peligro, más allá del hecho en sí, de ocultar las formas más cotidianas de racismo (al asociar el racismo exclusivamente a acciones de este tipo) y de hacernos creer que los racistas son siempre los otros. Limitar el racismo a sus formas extremas resulta muy cómodo y tranquilizador ya que oculta su presencia en la cotidianidad de la sociedad mayoritaria, pero es una concepción demasiado restringida que no puede sostenerse. Existe un racismo cotidiano (Essed, 1991), de baja intensidad, basado en prácticas recurrentes y habituales que lo enmascaran y lo sitúan dentro de la “normalidad”.

Generalmente, tendemos a negar o ignorar nuestro racismo o, como mínimo, atenuamos su importancia y lo presentamos como un fenómeno del pasado o marginal. Así, cuando en algunas ocasiones no puede ocultarse su presencia entre Nosotros, se presenta como algo extraordinario que rompe la “normalidad” habitual de la sociedad, definiéndose como un fenómeno puntual que tiene que ver con grupos de extrema derecha o de exaltados. Entonces, no se trata realmente de Nosotros sino de “elementos” marginales de nuestra comunidad, con lo que se oculta el racismo cotidiano existente en la sociedad (Billig, 1991; Van Dijk, 2003; Wetherell y Potter, 1992). En otras palabras, “cuando podemos culpar a estos Otros-de-Nosotros de ‘Nuestro’ racismo, entonces podemos ignorar, negar o mitigar de forma segura Nuestro-Propio racismo cotidiano” (Van Dijk, 2009, 14), que es el más perjudicial para las minorías al ser el más habitual. 


Pero no sólo se niega o mitiga el racismo existente en nuestra sociedad sino que lo proyectamos sobre sus víctimas. Se argumenta que Ellos son los auténticos racistas ya que han venido a aprovecharse de nuestro país y encima nos quieren imponer sus costumbres. En cambio, Nosotros, que sólo nos defendemos, somos las víctimas. En otras ocasiones, se les acusa de haber provocado nuestro racismo. Ha sido, se arguye, el gran número de inmigrantes llegados recientemente y, sobre todo, el (pretendido) trato de favor que reciben los inmigrantes la causa de que los ciudadanos “normales” se hagan racistas. Así, no sólo se culpabiliza a la víctima sino que se niega nuestra historia racista (baste recordar, por ejemplo, el tradicional racismo antigitano o el fuerte racismo institucional que hubo en Guinea Ecuatorial hasta el fin de la colonización española hace poco más de cuarenta años). En este sentido, no debemos identificar exclusivamente racismo con inmigración, como si antes no existiera y fuera un fenómeno asociado exclusivamente a la reciente llegada de inmigrantes a nuestro país. A menudo, también se busca infravalorar el racismo naturalizándolo. Se presentan como naturales, como de sentido común, prácticas discriminatorias como, por ejemplo, la preferencia nacional. En esta línea, en ocasiones se concede que tal vez pueden darse casos de xenofobia (pero no de racismo). En la práctica, el término xenofobia se convierte en un eufemismo que suaviza la violencia del racismo y que, además, facilita que se presente como una reacción natural, inherente a la naturaleza humana. 

Esta negación del racismo a nivel societal también se da cuando nos referimos a nosotros mismos. A nivel personal, la negación del racismo tiende a expresarse a partir de un “Yo no soy racista, pero…”, seguido de una serie de tópicos y prejuicios hacia las minorías. Es una estrategia para mantener las apariencias que permite, después de autopresentarnos positivamente, realizar una serie de afirmaciones negativas sobre el otro (Van Dijk, 2003). Esta expresión no sólo muestra el temor de las personas a ser acusadas de racistas, lo que supondría ser estigmatizadas como personas social y moralmente indeseables, sino que también refleja el aspecto contradictorio y ambivalente del racismo actual, que niega su existencia mientras se práctica de forma más o menos indirecta.

Un hecho interesante es que la mayoría de personas considera que sus parientes y amigos son algo más prejuiciosos que ellos mismos, y que sus conciudadanos, en general, lo son bastante más (Díez Nicolás y Ramírez Lafita, 2001). Es decir, el nivel de prejuicio que se atribuye a los otros es mucho mayor del que uno mismo reconoce poseer. En las encuestas del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) donde se pregunta a los entrevistados cómo creen que los españoles en general tratan a los inmigrantes y cómo los trata el propio encuestado se evidencia esta doble valoración. La mayoría (un 60%) considera que los españoles, en general, tratan negativamente a los inmigrantes (con desprecio, agresividad o desconfianza), mientras que sólo una minoría (entre el 12% y el 20%) admite que personalmente los trata de forma negativa, desapareciendo prácticamente además las respuestas más reprochables (desprecio y agresividad). Parece que atribuimos a los otros aquellas posturas que no somos capaces de admitir en nosotros mismos. Se trata de un mecanismo de proyección social: ocultamos lo que normativamente no es aceptado por la sociedad y lo proyectamos sobre las demás personas. En otras palabras: “es posible que lo que no se atreven a decir, que ellos mismos tienen, quizá desconfianza u otros sentimientos hostiles hacia los inmigrantes, porque les parecería indecente o ‘moralmente incorrecto’, lo digan de manera indirecta proyectando sus sentimientos sobre el resto del país y atribuyéndoselos” (Pérez Díaz y otros, 2001, 263). En suma, nos gusta creer y poder decir a los otros y a nosotros mismos: “Yo no soy racista, pero… mis amigos un poco más”. Este lapsus capta bien la tendencia a expresar y negar simultáneamente los sentimientos racistas presentes en nosotros, mientras los proyectamos hacia otros colectivos para salvaguardar nuestra autoestima y nuestro autoconcepto de personas tolerantes. 

El nuevo rostro del racismo

El racismo tradicional se caracteriza por una intolerancia manifiesta donde las personas tienen pocos escrúpulos en manifestar abiertamente su antipatía y rechazo hacia las minorías estigmatizadas. En contraste con esta forma directa de racismo, en las últimas décadas la forma de expresión del racismo se ha vuelto más sutil e indirecta, en un intento de adecuarse a los nuevos valores de la sociedad. A nivel de actitudes y conductas, no dominan los sentimientos de hostilidad y odio sino de incomodidad, inseguridad y temor. A menudo, ello se traduce en la evitación del “otro” más que en su agresión directa. A nivel de argumentación ideológica, se utilizan motivos no raciales para justificar acciones contrarias a las minorías y se recubre con formas respetables que puedan hacerlo compatible con las normas actuales de tolerancia e igualdad.

Esta metamorfosis del racismo fue analizada, en primer lugar, en Estados Unidos por Sears y Kinder (1971). Señalaron que el racismo hacia los negros no estaba desapareciendo, como muchas personas (blancas) creían, sino que sólo se estaba transformando, estaba cambiando su forma de expresión para adaptarse a los nuevos valores de la sociedad. Denominaron racismo simbólico a esta forma de racismo que no acepta los estereotipos burdos ni la discriminación abierta y se refugia en sobreentendidos, supuestos y afirmaciones implícitas, recubriéndose de un aire de respetabilidad que lo hace más aceptable. Posteriormente, algunos autores han preferido utilizar el término racismo moderno (McConahay, 1986) para describir esta nueva forma de manifestación del racismo. Un concepto similar, pero desarrollado para el contexto europeo, es el de prejuicio sutil (Pettigrew y Meertens, 1995). Estas líneas de investigación comparten una perspectiva de diferencias individuales: buscan distinguir a las personas que puntúan alto y bajo en una escala psicométrica y analizar los correlatos de esa diferencia. Una perspectiva complementaria, también desarrollada originariamente en Estados Unidos, es la del racismo aversivo (Gaertner y Dovidio, 1986). Parte de un enfoque fundamentalmente situacional, en lugar de centrarse en el individuo, analiza qué situaciones facilitan la emergencia de conductas racistas y cuales conducen a que prevalezcan los valores igualitarios. 

Por otra parte, en Europa, Barker (1981) elaboró el concepto de nuevo racismo para mostrar los cambios en la legitimación del discurso racista: de la inferioridad biológica se ha pasado a la diferencia cultural. El rechazo a los inmigrantes se basa en sus características culturales que (supuestamente) les impiden adaptarse a los valores de su nueva sociedad. Se enfatiza el peligro a la pérdida de la identidad nacional y cultural debido al aumento de una inmigración con una cultura incompatible con la autóctona. Posteriormente, para describir prácticamente el mismo fenómeno Taguieff (1987) utiliza la expresión de racismo diferencialista y Balibar (1991) la de neo-racismo.

Los autores que se centran en el nivel actitudinal y conductual tienden a explicar el nuevo rostro del racismo desde una perspectiva normativa. Consideran que el cambio en las normas étnicas de las últimas décadas ha conducido a una situación en que las viejas normas no han desaparecido aún del todo y las nuevas no están completamente internalizadas. Por ello, el racismo tiende a ser ambivalente y a expresarse de manera indirecta. Por su parte, los autores que se centran en el nivel ideológico enfatizan la función de la nueva forma de expresión del racismo: naturalizar y esencializar el comportamiento de las minorías, basándose en el determinismo cultural (en lugar del biológico). Ello permite articular un conjunto de creencias que defiende y justifica una cierta exclusión social de las minorías y, al mismo tiempo, preserva la propia auto-imagen no sólo ante los otros sino también ante uno mismo. En el fondo, se trata de un cambio “lampedusiano” que busca mantener el estatus privilegiado del grupo dominante y al mismo tiempo una relación no demasiado conflictiva con las minorías, que no cuestione el modelo social vigente y garantice su legitimidad. 

El racismo latente

En Crash, Oscar 2006 a la mejor película, Thomas es un policía (blanco) joven e idealista de Los Angeles que siente incomodidad ante las conductas abiertamente racistas de su compañero de patrulla, por lo que rechaza trabajar con él. Thomas está lleno de buenas intenciones, parece estar siempre dispuesto a ayudar a los demás y (aparentemente) libre de prejuicios racistas. Pero un día recoge en su coche particular a un autostopista afroamericano (posiblemente movido por su autoconcepto de persona tolerante). Pronto empiezan a discutir a causa de un malentendido, generándose un clima de tensión que va in crescendo. En ese momento, el autostopista afroamericano trata de sacar algo de su bolsillo y entonces Thomas, movido por sus temores y prejuicios implícitos, cree (erróneamente) que el negro (en ese momento, pasa de afroamericano a negro) va a sacar un arma, se asusta, dispara y le mata. El estrés generado por la situación, en el contexto de una ciudad caracterizada por la violencia y la desconfianza hacia los demás, activa los estereotipos y prejuicios implícitos de Thomas sobre los negros.
La historia anterior ilustra el hecho de que muchas de las personas que declaran ser tolerantes (y quieren serlo) y manifiestan buenas intenciones hacia las minorías presentan, con frecuencia sin ser conscientes de ello, un racismo encubierto, implícito, inintencional. Sus actitudes, conscientemente igualitarias, pero inconscientemente negativas, dan lugar al llamado racismo aversivo (Gaertner y Dovidio, 1986) o racismo latente (Espelt, 2009). 

Los llamados racistas aversivos o latentes simpatizan con las minorías y las víctimas de las injusticias en general, siendo partidarios de adoptar medidas a su favor. Se identifican con los valores humanistas de libertad, igualdad y solidaridad; viéndose a sí mismos como personas tolerantes, sin prejuicios racistas y contrarias a cualquier forma de discriminación. Pero, simultáneamente, también poseen sentimientos y creencias de carácter negativo hacia determinadas minorías producto, básicamente, de su socialización en una cultura históricamente racista. Estas actitudes contradictorias y ambivalentes crean una tensión psicológica en el individuo que conduce a un comportamiento inestable, a una alternancia de conductas positivas y negativas hacia tales minorías. Debido a su interés por mantener su auto-imagen de personas igualitarias están muy motivados para evitar conductas claramente racistas, lo que en ocasiones, como una manera de reafirmar sus convicciones igualitarias y sus actitudes aparentemente no racistas, les lleva a tratar más favorablemente a los miembros de las minorías que a los de su propio grupo. En cambio, sus prejuicios latentes se manifiestan principalmente cuando pueden encontrar argumentos no étnicos para justificar o racionalizar sus actitudes negativas y cuando están sometidos a una situación de tensión o excitación emocional (Gaertner y Dovidio, 1986; Dovidio y Gaertner, 1998, 2004; Espelt, 2006, 2009).

El concepto de racismo latente, la forma más sutil de racismo, plantea diversas cuestiones para la comprensión del racismo y las relaciones con las minorías:

1. Categorizar a las personas como racistas o no racistas es demasiado simplista y esconde que prácticamente todas las personas, en determinadas situaciones, pueden manifestar actitudes, discursos o prácticas racistas. Consecuentemente, no se trata tanto de si la persona es o no es racista, sino si “hace racismo” y en qué situaciones. La ambivalencia del racismo latente provoca que muchas de las personas que sostienen actitudes, discursos y prácticas antirracistas, también puedan presentar, en ocasiones, actitudes, discursos y prácticas teñidas de racismo. Por tanto, las posturas antirracistas de una persona pueden entremezclarse, y se entremezclan, con otras que son racistas. Así, el antirracismo y el racismo no siempre son dos fenómenos separados y mutuamente excluyentes, sin ningún punto de contacto. Personas que se identifican con normas y valores contrarios al racismo pueden, en ocasiones, comportarse de manera racista; y, al contrario, personas próximas a las actitudes y prácticas racistas pueden, en determinadas situaciones, tratar a las minorías de forma positiva. Consecuentemente, el racismo no puede reducirse a episodios violentos y dramáticos realizados por grupos de exaltados, ni puede presentarse como algo anormal o marginal que ocurre puntualmente y rompe la armonía social. Al contrario, el racismo latente constata la cotidianeidad del racismo, una presencia de baja intensidad que impregna nuestras relaciones sociales prácticamente sin darnos cuenta.

2. El hecho de que personas que desean ser justas y solidarias con las minorías mantengan, en determinadas situaciones, actitudes, discursos o prácticas de tipo racista muestra la fuerza del racismo y la insuficiencia de las buenas intenciones para superarlo. Los resultados de diferentes investigaciones muestran que incluso personas con las mejores intenciones pueden participar activamente en la exclusión social de las minorías. Ello ilustra la dificultad de intervenir en una práctica social tan insidiosa como es el racismo latente, fruto de una sociedad que es capaz de elaborar la Declaración Universal de los Derechos Humanos y olvidar, al mismo tiempo, a los seres humanos concretos. No es infrecuente que mientras ensalzamos a la humanidad nos olvidamos de “Pedro y María, de Juan y José” -por recordar la canción de Daniel Viglietti. El racismo latente es el mejor ejemplo de la idea de Albert Einstein de que “es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio”. Y es que los prejuicios son una de las pocas cosas que son más difíciles de destruir que de construir. Además, el racismo latente y las formas sutiles de racismo en general, son particularmente difíciles de combatir. Las técnicas tradicionales de reducción del racismo son más adecuadas para sus expresiones conscientes y evidentes. No obstante, la buena predisposición de los racistas latentes forma parte, una vez son conscientes de sus prejuicios, de la solución más que del problema.

3. El racismo latente nos muestra las inconsistencias y debilidades de nuestro imaginario democrático, mostrándonos su fragilidad cuando hay que hacerlo extensible más allá del Nosotros. Evidencia que la inmigración problematiza y cuestiona la firmeza de nuestros valores e ideales democráticos, obligándonos a repensar nuestro lugar como defensores del proyecto humanista. Visibiliza nuestras contradicciones internas, derivadas del hecho de que deseamos identificarnos con las grandes ideas ilustradas (nos hacen sentir bien y mejoran nuestro autoconcepto) pero no estamos dispuestos a asumir las “incomodidades” que conllevan tales ideas en la práctica. En consecuencia, aplicamos nuestros valores humanistas de forma etnocéntrica con lo que éstos pierden parte de su fuerza y valor.

Las inconsistencias y la ambivalencia caracterizan las relaciones entre la sociedad mayoritaria y las personas inmigradas. Existe una fuerte discrepancia entre los grandes discursos e ideales y la realidad cotidiana. Este hecho es una fuente de frustraciones y puede llegar a crear un fuerte resentimiento hacia la sociedad de acogida que conduzca a un repliegue comunitario cargado de agresividad. Este desfase entre los principios y la realidad fue el tema central del clásico estudio de Myrdal (1944) sobre las relaciones entre blancos y negros en Norteamérica. Evidenció el dilema entre los valores democráticos y cristianos del credo americano (que hacen que las ideas de las personas sigan tales elevados preceptos) y sus conductas concretas que se alejan de tales ideales y tienden a excluir socialmente a los negros al guiarse por intereses personales y de grupo, por el conformismo y los prejuicios. Este dilema o, mejor dicho, esta incoherencia, es el núcleo del racismo latente.

4. Tradicionalmente, el racismo se asocia con el conservadurismo y con la ideología de derechas (el caso más representativo es la personalidad autoritaria de Adorno y el grupo de Berkeley). Sin embargo, el racismo latente evidencia que las actitudes, discursos y prácticas racistas no son exclusivas de la derecha, también están presentes en la izquierda, aunque generalmente con formas más suaves y menos “ruidosas”. Esta idea ya había sido señalada por Tolstoi: “Se suele suponer que el antisemitismo va estrechamente unido a una mentalidad reaccionaria, al oscurantismo. Pero hay que reconocer que existen muchas personas de convicciones progresistas que no se distinguen tanto de sus adversarios en lo que se refiere a los sentimientos que muestran por los judíos” (en Poliakov, 1977).
Además, los partidos políticos mayoritarios de izquierdas no sólo pueden presentar discursos y prácticas de tipo racista, sino que sólo combaten con convicción las posturas racistas más explícitas. De hecho, como señala Van Dijk (2008, 156), el racismo de la izquierda política en España “no se define tanto por un discurso y unas acciones explícitamente racistas, sino por su tolerancia a la intolerancia y por su miedo a que las políticas explícitamente antirracistas puedan conducir a una pérdida de apoyo popular”.

5. Las formas sutiles del racismo latente no deben escondernos que sus repercusiones pueden no ser tan sutiles (pensemos en diversos contextos, por ejemplo, una entrevista de trabajo o la búsqueda de una vivienda). Incluso puede ser tan o más insidioso que el racismo tradicional ya que el doble código moral en que se apoya resulta especialmente frustrante para sus víctimas. En el racismo explícito hay pocas dudas de que uno es víctima de una injusticia debido a su pertenencia grupal y, en consecuencia, desestimar claramente que tenga ninguna responsabilidad personal en su situación. En cambio, en las expresiones sutiles de racismo la persona discriminada puede tener la duda de si su situación se debe al racismo o a factores personales, generándole mayor ansiedad.
Además, en situaciones de tensión social, incluso las personas que habitualmente se comportan de manera igualitaria, pueden fácilmente guiarse por los estereotipos y prejuicios tradicionales y comportarse de manera discriminatoria y racista. Como han demostrado diversas investigaciones, las personas sometidas a emociones fuertes como el miedo, la ansiedad o la irritación, tienden a un pensamiento simplista y se guían más por estereotipos.

6. Evidencia lo difícil que resulta establecer una relación “normal” con las minorías y tratar a sus miembros como personas individuales y no como miembros de un grupo. Sin discriminarlas, ni negativa ni positivamente. Ello se debe a la ambivalencia hacia las minorías y al temor a ser etiquetados de racistas, lo que supondría ser estigmatizado como una persona indeseable. 

Nuestro problema

La negación del racismo nos indica que una de las tareas a realizar es concienciarnos del problema del racismo. Existe una falta de sensibilización en cuestiones de racismo y discriminación étnica en la sociedad española, como han denunciado la European Commission Against Racism and Intolerance (ECRI) (2006) y Amnistía Internacional (2008) en su informe sobre las políticas del gobierno en la lucha contra el racismo, ilustrativamente titulado “España: entre la desgana y la invisibilidad”. Así, no debe de extrañarnos que en los barómetros del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), ante la pregunta de cuál es el principal problema que existe actualmente en España, el racismo es apenas mencionado (0,1% en junio de 2011) mientras que la inmigración suele ser considerada entre los principales 4 problemas (incluso en determinados momentos ha ocupado el primer lugar). El racismo no se considera un problema importante de nuestra sociedad (como por ejemplo, el paro, la inmigración o el terrorismo), fundamentalmente, porque no se considera que sea nuestro problema. 

Seguramente este hecho facilita que ante ciertos episodios racistas, que la mayoría de personas dice considerar inaceptables, en la práctica, domina una actitud de indiferencia. En esta dirección, el estudio de Kawakami y otros (2009) muestra como ante episodios concretos de racismo muchas personas tienden a adoptar una actitud indiferente y no se comportan como dicen que lo harían en una situación semejante. Así, cuando se preguntó a un grupo de personas blancas como se sentirían si presenciaran un incidente racista, una gran mayoría (85%) afirmó que se sentiría mal y no estaría tranquila junto a la persona que había realizado el acto racista. Sin embargo, cuando se les planteo tal situación en la práctica, el 63% de ellos eligió a éste para realizar un trabajo que se les pedía en dicho estudio.

Para concienciarnos de que el racismo es también nuestro problema y superar la cómoda “externalización” del racismo (“los racistas son los otros”) debemos volver la mirada hacia nosotros mismos y cuestionarnos si el racismo siempre está en los otros, en otras sociedades y colectivos, en personas y grupos indeseables que no tienen nada que ver con nosotros, ni con la gente “como nosotros”. Es fácil y gratificante condenar el racismo de los otros, especialmente de personas y grupos extremistas; sin embargo, es más difícil reconocer su presencia entre nosotros y mucho más en nosotros. Problematizar esta cuestión debe ayudarnos a tomar conciencia de que el racismo no es siempre algo ajeno a nosotros. No sólo a nuestro grupo o sociedad sino también a nosotros mismos. Prácticamente todos podemos tener actitudes, prácticas y discursos racistas en, al menos, algunas ocasiones. No se trata de ser o no ser racistas sino de que podemos comportarnos como tales en determinadas situaciones.
Ser conscientes de este hecho, de que si bien los valores igualitarios forman parte de nuestra identidad en determinadas situaciones podemos comportarnos de forma racista, es un paso necesario para intentar limitar al máximo tales practicas. Saber que existen ya es una manera de combatirlas. No negarlas sino constatarlas y tener la convicción de que son un lastre que debemos dejar atrás nos encamina hacia su solución. Ello obviamente no es suficiente, es sólo un primer paso. El conocimiento de este hecho ha de servir para tomar conciencia de nuestros límites etnocéntricos y despertar o impulsar la voluntad de superarlos.

También debemos tener presente que el racismo no sólo es un problema para sus víctimas, también lo es para la persona que tiene actitudes y prácticas racistas. Si bien la exclusión del “otro” aporta ventajas materiales al grupo dominante y puede aumentar la autoestima de los individuos al otorgar un sentimiento de superioridad, frecuentemente también conlleva emociones negativas, tales como miedo, ansiedad o ira. Emociones que generan malestar, constriñen al individuo, limitan su capacidad de ver, experimentar y sentir, dificultando su crecimiento como persona y su capacidad para disfrutar de la vida. 

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